domingo, 13 de enero de 2013

APOSTASÍA

Apostasía Quiero vivir por vivir para no vivir sufriendo y cuando vaya a morir, morir por morir yo quiero. Tan blanco como nací. No quiero asideros falsos ni creo que esperen allí la dicha eterna o el llanto. Que no tracen garabatos macabros sobre mi frente. No he de vestir sayón pardo ni hábito de penitente. No me coloquen medallas ni otros símbolos sagrados. Que no pisen mis sandalias los guijarros del Calvario. Ni homilías ni sermones ni luna en cuarto menguante. Ni el yin ni el yang, ni santones ni cruz donde columpiarme. No me da miedo el infierno ni el castigo tremebundo. No echo las culpas al Cielo de lo que ocurre en el mundo. Cuando mis ojos se cierren si la tierra me reclama, que mis huesos se incineren. Y mis cenizas echadlas, mitad sobre un prado verde y otra en la mar arbolada. Que el viento sólo les deje mi recuerdo entre sus alas. Viento de Levante. todos los derechos reservados.

miércoles, 9 de mayo de 2012

EN BLANCO Y NEGRO

EN BLANCO Y NEGRO Cuentos y fábulas Pedro Ortuño Ibáñez   EL AGRICULTOR. Paco era un viejo obrero de la construcción que en sus últimos años de vida laboral le había dado por cultivar una diminuta parcela de terreno que tenía en propiedad y que siempre estuvo yerma, entre otras cosas porque él nunca hizo caso de aquel pequeño bancalito de apenas doscientos metros cuadrados de tierra seca y pedregosa que estaba situado justo detrás de su vivienda. El caso es que un día, sin saber muy bien por qué, quitó las piedras que lo cubrían, lo desbrozó como pudo, compró a un vecino un viejo arado, levantó con el la primera capa de suelo, le añadió más tierra, lo regó convenientemente y plantó allí algunas hortalizas. No pensó nunca que el producto de aquella insignificante huertecilla fuese a remediarle la vida. Lo que pretendía con eso era distraerse, encontrar un modo de no aburrirse en su ya pronta jubilación y a la vez degustar unos tomates, pepinos, o lo que fuese, pero sembrados y cosechados con sus propias manos. Ilusionado mostraba sus calabacines y berenjenas a la gente que pasaba cerca de su casa, ¡nada, poquita cosa! Pero él se sentía feliz con los frutos de su huerta, sobre todo cuando alguien alababa los productos. Pero ¡Ay! Sus más íntimos amigos apenas si se dignaban echar un vistazo a su pedacito de tierra. Y por más que él insistía, éstos siempre alegaban falta de tiempo. Quizás pensando que tan pequeño minifundio no valía la pena ser tenido en cuenta ya que no podía competir en extensión con ningún otro. Así, ni siquiera con la promesa de regalarles, para que los probaran, algunos de sus mejores pimientos logró el agricultor que sus amigos se interesaran por su recolección. Abatido y desilusionado el reciente hortelano decidió, en un principio, que abandonaría el huertecito, a pesar de que dentro de poco aquello volvería a ser un erial seco y lleno de maleza, pero lo pensó mejor y decidió que era preferible comer lo que uno mismo ha cultivado y no dejar el terreno infértil sólo por el hecho de que a alguien no le interesara su mini agricultura que a él tanto le servía para llenar su tiempo libre. Para seguir vivo en definitiva.   EL BUSCADOR DE ORO. Ya era cerca de las dos de la madrugada cuando el viejo Joe se recostó sobre su flaco jergón. Le dolían todos los huesos y los ojos le ardían de puro cansados. Como casi todas las noches apenas si había comido un pedazo de pan duro que, seguro llevaba al menos una semana rodando por el cajón de la mesa, y eso sin dejar de darle al cedazo que le servía para tamizar la tierra que el arroyuelo iba acumulando en su lecho y entre la que él esperaba algún día hallar el fruto de tanto sacrificio. Joe Landon pasó casi toda su vida siendo un caminante empedernido. Ahora a sus sesenta años, con la tez curtida por los soles y los vientos de todos los mares y de todas las montañas había recalado en aquellos parajes de la fría Alaska porque un día que navegaba en un carguero rumbo al puerto de Vancouver oyó comentar a unos marineros que allí se podía hacer fortuna buscando oro, si se trabajaba duro y se tenía la suerte necesaria para encontrar el lugar apropiado. El viejo había sido siempre un hombre de decisiones rápidas. Alto, fuerte, y con una vitalidad que ya quisieran para sí hombres con menos años a las espaldas. Liberado desde hacía más de una década de condicionamientos familiares, no lo pensó dos veces. En cuanto el carguero atracó en el puerto de la ciudad canadiense pidió la cuenta al patrón, compró lo estrictamente necesario, cruzó la frontera y se dirigió en dirección noroeste bordeando el golfo de Alaska hasta llegar a Anchorage. Allí repuso sus provisiones, se puso de nuevo en marcha viajando en dirección oeste-noroeste, y en unas semanas llegó a la ciudad de Fairbanks donde cogió un destartalado vehículo que le llevó sin más escalas hasta donde había oído decir que estaban los yacimientos en los que tanto deseaba comenzar la búsqueda. Las cimas de las montañas nevadas parecían recortadas de alguna pintura agreste, y su blanco inmaculado hería el azul fuerte, sobre el cual daba la sensación de estar sobrepuestas. Y cuando algunas nubecillas aparecían tras los picos era como si porciones de nieve se desprendieran de ellos e iniciaran un paseo por el límpido cielo. Sin embargo durante los días del invierno aquel cuadro se transformaba radicalmente, el cielo se tornaba de un gris amenazante, las nubes lo recorrían a velocidad de vértigo, el viento soplaba con fuerza inusitada y no parecía sino que quisiera expulsar de sus dominios a todos aquellos que con sus caballerías y enseres perturbaban con su presencia la paz y el silencio de aquellos lugares. Cerrábanse los caminos dejando aislada a la gente que permanecía en cabañas y aldeas. Luego, muy avanzada la primavera, cuando el blanco manto comenzaba a deshacerse y los abetos se desprendían de sus marfileñas capas, grandes manchas de un verde insultante salpicado de flores silvestres, aparecían por doquier formando un mosaico de tonalidades infinitas y extravagantes. Como a todas las cosas en su vida Joe había llegado tarde a aquel oficio. A él nunca le motivó el poder ni el deseo de acumular riqueza, pero al ver que con muchos esfuerzos y penalidades algunas personas habían logrado encontrar un poco o un mucho de oro, Joe se planteó el reto y decidido a probar suerte se embarcó en la empresa de encontrar la pepita que además de encarrilar su vida llenaría su espíritu de satisfacción. Trabajó día y noche, tamizó toneladas de tierra, pero bien por falta de práctica y pocos conocimientos del oficio, o bien porque la suerte nunca fue su aliada, el caso es que jamás logró encontrar cantidad alguna, ni grande ni chica del valioso metal. En algunas ocasiones, y después de muchas horas de búsqueda, él creía que algunas partículas que brillaban al darles el sol eran diminutas porciones de oro, pero cuando las mostraba satisfecho a los entendidos, estos lo desengañaban diciéndole que aquellos pedacitos eran de cuarzo, material este que carecía de valor alguno. Esto le causaba frecuentes decepciones y le hacía dudar si continuaba en tan difícil empeño o lo dejaba definitivamente, pero al final, cuando llegaba a su cabaña, siempre empuñaba de nuevo la pala y el cedazo. Ya era cerca de las dos de la madrugada cuando el viejo Joe se recostó sobre su flaco jergón. A las cinco volvería al riachuelo y seguiría buscando. A los pocos minutos se durmió vencido por el cansancio y soñó, soñó con un paisaje dorado y con una gran pepita de oro que colmaría de felicidad sus humildes sueños de buscador.   EL NITOT INDULTAT. Valencia estallaba en un derroche de luz y de color, se estaban celebrando las fiestas de S. José, las que cada año abren la puerta a la sin igual primavera valenciana. La ciudad vestía sus mejores galas y resplandecía en todo su esplendor. Hacía ya dos semanas y media que las magnificas “mascletás” de las dos de la tarde, retumbaban en la “Plaça del Ajuntament” cubriendo el luminoso cielo valenciano con una tenue tela de araña y poniendo en los oídos, tanto de los oriundos, como de los miles de visitantes venidos de todos los lugares del planeta, el fragor de los sonidos y de la pólvora, elementos a los que tan aficionados son por estas afortunadas tierras sus habitantes. La imponente falla que habían plantado ese año sobrepasaba en altura al edificio del Ayuntamiento, desde cuyos balcones, autoridades, falleras mayores y damas de honor comentaban admiradas la belleza y dimensiones del monumento. Representaba éste, de forma piramidal, las diferentes esferas de la sociedad. Situadas en lo más alto quedaban las diversas autoridades de la nación. En el plano siguiente figuraban las clases y estamentos pudientes, banqueros, obispos, militares. Más abajo quedaban las clases medias, obreros, autónomos etc. Y así sucesivamente hasta acabar formando su base con las capas más desfavorecidas. Todo ello configuraba un espectáculo magistral, donde nada ni nadie se libraba de la sátira ni del ácido humor del que siempre han hecho gala los maestros falleros valencianos. Amaneció el día clave de las fiestas, el día de S. José. Cuando llegara la media noche el fuego devolvería la igualdad absoluta a todos los personajes de la falla. Se había corrido la voz de que, debido a su hermosura y magnitud, “el ninot indultat” de ese año sería sin duda uno de los pertenecientes a aquel monumento al ingenio. Y en esa hora de la madrugada, cuando el bullicio se amortigua en las calles y la gente dormita donde puede para mitigar el agotamiento y así poder hacer frente al largo día, cuyo final es el momento de la “cremá”, los “ninots” empezaron a especular esperanzados, haciendo cábalas sobre cuál de ellos se libraría del terrible final que les esperaba. Los de la parte superior, seguros de que por su condición sería alguno de ellos el agraciado, discutían entre sí, ponderando cada uno sus merecimientos. Por ejemplo, el representante de la Iglesia alegaba, cargado de razón, que al ser su valedor el mismísimo Dios, éste no iba a permitir de ninguna manera que fuese él quien acabase chamuscado en la hoguera. El adinerado burgués argüía que debido a la elevada fortuna que poseía compraría el indulto costase lo que costase. En fin, que cada cual de los del más alto escalafón echaba mano de sus argumentos, poder o riqueza, para justificar su segura salvación. Cuanto más hacia abajo más se agudizaba el sentido de desesperanza, pues tenían la certeza de que los de arriba presionarían, sobornarían, comprarían como siempre, para salirse con la suya. En la parte media del monumento, el autor había escenificado la cadena de montaje de una gran fábrica de automóviles. En ella, entre otros obreros y al final del trayecto se hallaba de pie, un “ninot” vestido con un “mono” azul de mecánico. Sostenía en su mano una llave inglesa, y en sus ojos de cartón pintado se notaba el agotamiento, ¿Quién sabe si era por la larga jornada de trabajo, o quizás por el cansancio de una vida entera de esfuerzo y de privaciones? A los pies del obrero había un cartelito que decía. “Hilari: amb dona i cinc xiquets. Quatre mesos que no cobra. Que el despedeixen es cert. Veurem quina féina troba”. Llegó la hora de la “cremá” y el monumento quedó reducido a cenizas en pocos minutos. Las llamas alumbraron las postreras lágrimas de las falleras mayores e hicieron centellear las miles de lentejuelas de sus vestidos. Los bomberos apagaron los últimos rescoldos. Al día siguiente Valencia recobró su pulso normal, las gentes volvieron a sus respectivas ocupaciones y todos quedaron esperando las fallas del año siguiente. A las pocas semanas, todavía se seguía comentando el extraño caso del destrozo que algún gamberro había causado al “ninot indultat”, aquel obrero de mono azul que de madrugada había aparecido destrozado en el suelo. Nadie supo en realidad si se había desprendido accidentalmente o si alguien causó su caída. Sólo allá en el silencio del museo fallero, “el ninot” de una jovencísima madre con un bebé en brazos, que formaba parte de la esfera más baja de la falla y que fue indultado “in extrmis” a cambio del “ninot” “accidentado” dejaba traslucir una mirada de infinito agradecimiento hacia un trabajador honrado y altruista donde los hubiera. INTOLERANCE CITY. ¡En verdad os digo, que vendrán de Oriente y Occidente y entraran en el reino de los cielos, mientras vosotros quedareis fuera! (Lucas 13, 22-30) La luz de los faros, alumbró las primeras casas del pueblo. La madrugada era fría y el sueño hacía presa en los parpados de Sergio obligándole a mantenerlos entrecerrados. Por lo que, cuando entre la neblina vislumbró la indicación decidió desviarse para descansar un rato y después desayunar, si encontraba donde hacerlo. No conocía aquel lugar pese a haber hecho con frecuencia aquella ruta desde que accedió a su actual trabajo. Nunca antes había recalado allí. Lo primero que llamó su atención fue el nombre del pueblo, que enseguida achacó al sentido del humor de sus vecinos. Aparcó el coche a la entrada de la calle y sin parar el motor para no quedarse sin calefacción dejó caer la cabeza sobre el volante y se quedó profundamente dormido. Despertó sobresaltado por el ruido de un viejo tractor que pasó renqueante a su lado. Ya era de día, calculó que había dormido sobre dos horas y sintiendo que empezaba a tener hambre decidió buscar un bar donde asearse y tomar un buen desayuno. Ciudad era un nombre demasiado pretencioso para un lugar que solo disponía de una calle de apenas cien metros de longitud; amplia y espaciosa, eso sí y muy bien pavimentada además, pero sólo eso, sin embargo una cosa asombró poderosamente a Sergio, la increíble hermosura de las fachadas de todas las construcciones del pueblo. Sus materiales, todos de primerísima calidad, sus colores vivos pero sin estridencia y su línea, sobria daban al lugar un carácter poco común. Al final de la calle, solo a unos pocos metros, una amplia playa de blanquísima arena y un mar azul impregnaban el entorno de extraordinaria belleza. Largos años de trabajo, junto a Elena, habían propiciado que ahora, cuando le faltaban ocho o diez años de la jubilación dispusieran de un pequeño capital que ambos se habían planteado invertir en una segunda vivienda, y la verdad es que aquel sitio colmaría los deseos que los dos tenían sobre el particular. Sergio decidió que pasaría el día en el pueblo viendo la posibilidad de comprar alguna de aquellas casas, siempre que su precio se ajustase al presupuesto familiar, o en su defecto, construir una casita cerca de la playa. Paró el coche en la puerta de una esplendida edificación que había sido habilitada como hotel y entró en la cafetería. Su primera impresión fue de decepción, pues el aspecto interior del establecimiento no se correspondía para nada con la magnificencia del exterior, tampoco en el caso de la limpieza parecía obtener nota suficiente. Sergio pensó que aquello sería una excepción, sin duda. -Buenos días ¿me pone un café con leche, por favor? -Buenas. Respondió secamente el camarero. Sergio se sintió incomodo, pues le pareció advertir cierta desconfianza en la mirada de éste. No le gustó la desatención del barman ni tampoco su tono, cuando poniéndole el café le preguntó -Usted no es de por aquí ¿verdad? -No Respondió Sergio, tratando de parecer amable -¿tiene eso algo que ver? -Bueno verá, es que no suele venir gente forastera en esta época. Lo de “gente forastera” lo dijo como queriendo subrayar la frase, cosa que tampoco cayó bien a Sergio. -En principio solo iba de paso, pero me ha gustado tanto el pueblo, que igual instalo en él mi segunda residencia. ¿Podría usted decirme si hay cerca de la playa alguna casa en venta, o bien si se podría construir un pequeño chalet en sus proximidades? El barman le miró fijamente durante unos segundos y con gesto serio respondió. -Ambas cosas le van a resultar bastante difícil. -¿Por qué? Preguntó Sergio, un poco contrariado por le afirmación del camarero. -Pues porque aquí no está permitido construir ya que todo el término municipal es espacio protegido. En cuanto a la compra, aquí las casas son carísimas y aunque hay algunas en venta sus precios son prohibitivos para la mayoría de la gente. A Sergio le dieron ganas de responderle con la pregunta. -¿Acaso conoce usted cuáles son mis posibilidades económicas?- Pero se contuvo para no parecer mal educado. -Usted indíqueme donde están las casas y donde puedo encontrar a sus dueños y yo veré si me interesa o no el precio de los inmuebles. A sus palabras, respondió el barman en estos términos. -Ante todo, sepa que no podrá hacer ninguna reforma en el exterior del edificio ni podrá alterar los colores que predominan en todas las fachadas: el azul y el verde. No se tolera incluir el negro ni el rojo, ni ningún otro que rompa la armonía del entorno. Tampoco se toleran conductas personales que no se ajusten a las normas establecidas. Nada que pueda dañar la imagen de nuestro pueblo será admitido en Intolerante City. A Sergio le pareció observar una leve mueca en el rostro del barman, gesto que situó entre el rencor y el escepticismo. Una vez informado de donde podía encontrar lo que buscaba abonó el importe del desayuno y salió del local. No tardó mucho en ver la primera casa que, según rezaba el cartelito que había sobre la fachada, estaba en venta. Llamó al timbre y esperó. A poco oyó descorrerse el cerrojo de la puerta y al entreabrirse ésta apareció un hombrecillo de pequeña estatura y mediana edad, desaliñado y de presencia bastante desagradable. -¿Que desea? Dijo, sin dar a Sergio tiempo para saludar. -Buenos días. Vengo por lo de la venta de la casa, pues podría estar interesado en comprarla. El propietario le miró sin decir nada durante bastantes segundos, como si quisiera penetrar en su cerebro y adivinar todo sobre él. -Está bien pase. Dijo apartándose, sin ningún asomo de amabilidad. Se abrió la puerta y lo que vio Sergio le hizo dudar ya de entrada si seguía o se daba la vuelta y buscaba otra casa que no fuese aquella. Las paredes estaban totalmente desconchadas, las escaleras que ascendían al piso superior prácticamente derruidas, los tabiques llenos de grietas y los cascotes y la suciedad que habían por doquier daban un aspecto deplorable a aquel espacio, que viendo su fachada, nunca se hubiese podido imaginar en su interior. El hombre ni siquiera invitó a Sergio a sentarse y lo primero que dijo era lo que pedía por la destartalada vivienda. Cuando Sergio oyó el precio abrió los ojos asombrado, y haciendo un cálculo ligero de lo oído más lo que tendría que invertir en acondicionar el interior de la casa, comprendió que aquel capital estaba muy lejos de sus posibilidades. -Lo siento, dijo al dueño, pero es demasiado para mí. Si no tuviera que reformar nada todavía podría intentarlo, pero así es imposible. Veré si encuentro algo que esté en mejores condiciones. -Mire joven. Dijo el hombrecillo. –Aquí todas las casas son muy antiguas y están más o menos igual, no encontrará ninguna con mejores condiciones en su interior, pero no me negará que las fachadas tienen un valor incalculable. -Es cierto.- Respondió Sergio. -Pero lo importante es poder vivir dentro confortablemente. -Aquí no pensamos así, creemos que lo que atrae a los turistas y demás, es precisamente la belleza de las fachadas, por eso las cuidamos tanto y las mantenemos siempre limpias. Bueno, ¿le interesa o no? -No, no puedo, no se ajusta al presupuesto familiar. Dijo Sergio, y despidiéndose cortésmente abandonó la vivienda. Desistiendo de buscar más ante la aseveración del propietario de que todas las casas estaban por el estilo, se dirigió al coche y arrancando el motor salió del pueblo por donde mismo había venido. Pensó que para colocar su dinero buscaría un lugar donde no hubiese tantas restricciones urbanísticas y donde pudiese acomodar su vida y la de su familia con mayor independencia. Al mirar por el retrovisor observó como los contornos del pueblo se difuminaban con la niebla, recordó el nombre del lugar pero ya no sonrió ni lo identificó con el sentido del humor de sus habitantes.   LA IRA DE LUCIFER. En lo más profundo de la gruta del Averno resonaban los rugidos de La Bestia igual que en las oscuras noches de tormenta rugen los truenos que ensordecen los oídos y atemorizan el espíritu. Las potentes pisadas de sus pezuñas hacían huir despavoridos a los diablos menores que se encontraban en la estancia de roca hirviente de la que se componía la tosca gruta. -¡Imposible! Eso no puede ser cierto, lo que me habéis contado es una asquerosa patraña. Bramaba histérico el rey de las tinieblas. -O eso, o es que estoy rodeado de inútiles, ineptos e incompetentes por los cuatro costados. Y su atronador vozarrón reventaba los tímpanos de diablos y diablas, a la vez que de sus ojos salían llamaradas rojas y amarillentas. El problema era que había llegado a oídos “del jefe” que en el mundo las cosas habían empezado a ir un poco mejor, que las relaciones entre los humanos se iban normalizando y que se estaba estudiando el modo de que las injusticias no fuesen tan grandes ni tan evidentes. Enterado de ello, Lucifer montó en cólera, y se agarró un globo de María Santísima (perdón por la invocación en tan inapropiado lugar) y así se lo comunicó a sus huestes, gritándoles. -Esto no puede seguir así. Convocaré al consejo de expertos y estudiaremos la forma de acabar con esta situación anómala. Avisad a todos que esta tarde a las cinco nos reuniremos en asamblea general, lo haremos excepcionalmente en el gran salón de los degollados. Es inexcusable la asistencia. A eso de las cuatro y media de la tarde empezaron a llegar los primeros asistentes. En primer lugar acudió, luciendo su célebre bigote plano, el austriaco de Braunau Am inn, encargado de las calderas de gas del infierno. No tardó en aparecer el del otro gran bigote, el georgiano de Gori, responsable de los extensos campos de concentración infernales, donde eran enviadas envueltas en fuego todas las almas que, por una u otra causa, mostraban su disconformidad con las “ardientes” normas establecidas. Pasadas las cinco y cuarto, haciendo honor a la impuntualidad propia de casi todos sus paisanos (por lo que fue objeto de una mirada asesina por parte de Rahagmón, vicepresidente económico y a la sazón presidente de la mesa), se dejó caer el gallego pequeñito y amanerado que nada más llegar a los dominios de Pedro Botero, fuera nombrado sepulturero mayor del ancho infierno. Una vez completado el aforo dio comienzo la sesión cuyo único punto en el orden del día era el debate sobre el deterioro que para los intereses del infierno se estaba produciendo en el planeta Tierra. Tomó Satanás la palabra e hizo un enérgico panegírico en el que aludía a tiempos pasados, supuestamente mejores para la buena marcha de su Reino. A continuación Détrius, el de las fuertes garras, vicesecretario de la ejecutiva, incidió en la necesidad de enviar a alguien al mundo de los vivos para que encauzara la situación. Llegados a este punto interrumpió la alocución un ex dictador sudamericano de la época de los setenta, pidiendo que le dieran marcha a los ventiladores, que allí hacía un calor de mil demonios, (ahora si) lo que desató la hilaridad general y provocó una respuesta airada por parte de un colega suyo de un país de centro África replicándole en los siguientes términos. -¿Pero qué dices hombre? ¿Crees que esto es el Hilton Palace? Esto es el infierno, a ver si te enteras de una vez. Guardó silencio el sudamericano quedando además un poco corrido, lo que aprovechó el gallego para decir con su vocecita atiplada que él conocía la solución del problema, que con fusilar a la mitad de la gente la cosa estaba arreglada. Se votó la propuesta que fue rechazada por una amplia mayoría, con lo que el dictador bajito se enfadó bastante y comenzó a refunfuñar entre dientes contra los absurdos mecanismos de la democracia. Salíosle al paso Lucifer con estas palabras. -¿Pero por qué no te callas pedazo de bruto? (-¡Presente! -.Se oyó gritar una voz desde los últimos escaños de la sala).- Que eres más bruto que alto ¿No ves que si fusilamos a la mitad, la otra mitad se va a unir más todavía, van a protegerse entre ellos, y eso es precisamente lo que no nos interesa? Al fin, Détrius retomó la palabra para decir que él conocía a la persona indicada para llevar a cabo una misión tan delicada, le preguntó Satán de quien se trataba a lo que el cuarto demonio del escalafón respondió. -Se trata de Morgana, la vieja hechicera. Un murmullo de temor se escuchó en toda la sala. Morgana era uno de los seres con peor reputación en el infierno, como también lo fuera entre todos los habitantes del mundo que la conocieron en su época. Mujer de una maldad sin límites, se decía de ella que era capaz con un solo salivazo de corroer en un segundo la más templada armadura y deshacer por completo el corazón de cualquier guerrero que tuviese la mala fortuna de cruzarse en su camino. La voz de Lucifer sonó como un bombazo. -Llamad a Morgana. El silencio podía cortarse con un cuchillo cuando en la sala hizo su aparición una anciana mujer de cabellos desordenados y cenicientos donde anidaban víboras y escorpiones, su voz quebrada chirrió como el eje de una carreta sin engrasar. -¿Me mandasteis llamar, mi señor? -Así es. Respondió cauteloso el mismo Lucifer. -Te explicaré la situación y lo que esperamos de ti, si eres capaz de llevar a buen término la misión que vamos a encomendarte. -Os escucho atentamente mi señor. -Lo que necesitamos con urgencia, para frenar este conato de entendimiento y concordia que ha surgido en algunas capas de la humanidad y que puede llevar a ésta a lograr una paz duradera por medio del dialogo y la solidaridad, es que los seres humanos no logren confiar jamás unos en los otros, es decir que se cree entre ellos un clima de desconfianza, de indiferencia, que cunda la desesperanza, el rencor y el odio, que ni siquiera las familias se entiendan, que vivan desunidas, en definitiva, que se atomice la humanidad, que se pierdan los valores, que no existan el perdón, el reconocimiento, el roce personal, que cada cual viva a su aire mirando siempre a los demás como si fuesen enemigos irreconciliables. Así lograremos nuestro propósito y el de arriba se subirá por las paredes viendo como todos sus esfuerzos por lograr la paz se van al garete de manera inexorable. -Comprendo mi señor y estoy de acuerdo con vuestro exordio. Eso es lo que debe de ocurrir para un mejor devenir de nuestros intereses. Contestó la hechicera con una maléfica sonrisa en sus descarnados labios. -¿Conoces la mejor y más rápida manera de lograrlo? -Je je je, la conozco mi señor, la conozco, enviaré a los mortales algo mío que cumplirá a la perfección vuestros deseos. -Pues ya puedes empezar a trabajar en ello. -Enseguida mi señor. Y diciendo esto sacó de entre los pliegues de sus sucias enaguas un afilado cuchillo y ante el asombro de todos los diablos allí presentes se seccionó de un tajo el dedo pulgar de la mano izquierda, de cuya herida empezaron a salir gusanos y larvas que en pocos segundos se convirtieron en otro dedo pulgar, regenerando así el miembro recién amputado. Al cabo, recogió del suelo el dedo cortado y acercándolo a sus labios insufló sobre él su fétido aliento y el dedo cercenado comenzó a tomar vida propia moviéndose y retorciéndose sobre sí mismo, aquella pequeña masa uniforme fue adquiriendo la forma de un pequeño feto que la vieja bruja acunó entre sus manos y acercándose a lo que parecía ser una altísima chimenea lo dejó levitando debajo de ésta. Sopló con fuerza Morgana, se formó en la estancia un fuerte tornado que escapó por el hueco hendido en el techo de roca hirviente, hacia las alturas, arrastrando con él al feto que flotaba en el aire. Morgana, con los ojos desorbitados y sus huesudas manos extendidas pronunció un terrible conjuro que espantó, con todo y ser demonios muy fajados, a casi todos los presentes en el acto. -Ve con los humanos y conviértete en un irrefrenable deseo. No importa donde nazcas, anidarás en el cerebro de los vivos, irás de un lado para otro y allá donde estés, la discordia caminará a tu lado. Siémbrala por doquier entre las personas que conozcas y entre las que no conozcas, lleva la infelicidad contigo y nunca, nunca pienses en otra cosa que en cumplir la misión que te ha sido encomendada.   EL VUELO 4025. -¡Señores pasajeros! Última llamada para el vuelo 4025 con destino… al continente. La turbia voz que la megafonía esparcía en la sala, apremiaba a los rezagados a ocupar sus asientos en la aeronave que de inmediato iniciaría el despegue. Los últimos pasajeros se dirigieron lentamente a la puerta de embarque arrastrando sus piernas, que acusaban el cansancio de los días de ajetreo que a edades tan avanzadas suponen las largas caminatas y excursiones a los que fueron sometidos durante su periodo de estancia en el archipiélago. Antonio Urquiza y su esposa Raquel fueron los pasajeros que cruzaron el umbral de la nave en último lugar, y al hacerlo volvieron la cabeza hacia atrás reflejando en sus miradas un claro signo de melancolía. Abría la primavera cuando llegaron a aquel hermoso lugar. Los rigores del invierno dieron paso a un clima casi veraniego que resaltaba con gran esplendor los paisajes naturales de aquel paraíso. Grandes llanuras vestidas de verde y repletas de almendros adornados del mismo color, pinos, acebuches, viejísimos olivos y flores de mil tonalidades, se coronaban al frente con su larguísima sierra. Su espina dorsal, que partiendo del extremo suroeste, acababa en el bellísimo cabo que hendía el mar luminoso y azul, en el extremo opuesto de la isla, al nordeste, protegiendo, a las gentes de allí y también a los numerosos visitantes, de los vientos de Tramontana, al ejercer de muralla natural contra estos. El contraste lo ponían el gran número de calas y de playas abiertas que a pocos kilómetros ofrecían la belleza por la que aquellos lugares se habían hecho famosos, y a los que, ya en su día, acudieron pintores, escritores y músicos de renombre mundial, así como después llegaron turistas de todas los rincones del planeta, atraídos por el encanto y las delicias de aquel sitio, en mitad del refulgente mar Mediterráneo. Contaba además aquella isla con la huella indeleble de incontables civilizaciones, que durante siglos dejaron en ella su legado cultural e histórico, dotando al lugar de un amplísimo currículo donde impregnarse de sabiduría, a la vez que del sol y de sus cálidas y trasparentes aguas Al tomar asiento en el Airbus que les alejaría de la isla, Antonio y Raquel recordaron sus primeros días de estancia transitoria. ¡Que veloces habían pasado esos días! Todo allí era excitante. Nuevas experiencias, sensaciones nuevas y unas nuevas expectativas a las que no tardaron en acomodarse. Ahora, después de un largo periodo, quedaba el amargo sabor de la despedida. Con los ojos entrecerrados recordaron la rapidez con que transcurrieron las primeras jornadas, fue un abrir y cerrar de ojos. Nuevos en un espacio hermoso pero desconocido, adaptándose a las normas y aprendiendo maneras y costumbres para integrarse en el grupo de personas que compartían con ellos los pasillos y el comedor del hotel. No fue hasta pasado un tiempo, cuando se dieron cuenta de que varias de las personas que con ellos estaban, dejaron de coincidir en fiestas y excursiones. Al preguntar por ellos les explicaron que su turno había terminado, que tuvieron que abandonar la isla porque en su lugar llegaba gente nueva que ocupaba los aposentos que ellos dejaban. El tiempo pasó veloz y después de haber andado muchos kilómetros a cuenta de tanto ir de allá para acá, Antonio y Raquel empezaron a notar en sus piernas la fatiga. Pero a la vez, también la satisfacción de conocer la belleza y la cultura de las panorámicas y de las gentes del país. Así, casi sin darse cuenta, un día, arrastrando sus achaques, se percataron de que habían llegado al final de su viaje, que su pasaporte no daba para más, pues estaba a punto de caducar y que al día siguiente, junto a varios de los que llegaron con ellos, no tendrían más remedio que emprender inexorablemente el viaje de vuelta al lugar del que procedían. Al atardecer de ese día, un repleto autobús les llevó al aeropuerto, donde cogerían el vuelo a su lugar de destino. El avión se situó en cabeza de pista, sus motores rugieron como el trueno en la tormenta. la velocidad del aparato alcanzó el punto justo para el despegue, se produjo éste y el enorme morro de la aeronave enfiló hacia la altura y se adentró en la densa oscuridad de la noche.   EL VENDEDOR DE SUEÑOS. Solía vérsele recorrer las calles con su andar vivaracho y ligero. Los miércoles ponía un puesto en el mercadillo y desde allí pregonaba a voz en grito su mercancía. -¡Ilusiones! ¡Utopías! ¡Sueños! Gritaba sin cesar. Los transeúntes le miraban con un gesto piadoso entre la sonrisa y el escepticismo. Se acercaban a él, alababan su mercancía, pero raras veces conseguía colocar alguno de sus productos, pese a que sus precios nunca fueron desmedidos. Era Francisco de una edad que frisaba en los cuarenta años. Era de estatura mediana, un metro sesenta y cinco poco más o menos, moreno y bien parecido. Sus sienes empezaban a destellar reflejos de plata, lo que confería, si cabe, mayor atractivo a su persona. Tenía los ojos negros, la tez morena y un rostro agradable que conseguía que la gente en general se sintiese atraída por aquel hombre de mirada franca y reconocida trayectoria de honradez. Nunca se daba por vencido a pesar de que vendedores de otros artículos promovían con frecuencia feroces campañas de desprestigio contra el género que Paco ofrecía a los, cada vez, más escasos y desconfiados clientes que le quedaban. Veces habían en las que amigos y conocidos intentaban convencerle de que lo que él ofrecía estaba pasado de moda, que era trasnochado y pertenecía a una época ya pasada. Pero el vendedor cargaba su mochila repleta de esperanzas y marchaba sereno a pregonarlas por los barrios más humildes de la ciudad, donde decía tener sus más asiduos clientes. Cierto día que, contra su costumbre, paseaba los productos por las zonas ricas del pueblo, se le acercaron un grupo de personas, curiosas por conocer las cualidades, precios y colores de lo que vendía. Encantado, Paco echó mano al catálogo y empezó a mostrarles con orgullo su mercancía. Los otros escuchaban y miraban con atención las páginas del álbum que Paco les iba poniendo delante de su vista. En una de ellas se veía una pradera verde salpicada de florecillas de varios colores que se mecían al ritmo de una ligera brisa. Otra mostraba a varias personas que pintaban de blanco un río cuyas aguas bajaban sucias y negruzcas. En otra podían verse gran cantidad de hombres y de mujeres que replantaban de árboles enormes extensiones de terreno desértico. Y así sucesivamente, en una página tras otra se dibujaban acciones de belleza que ponían el acento en el bienestar de toda la humanidad y en la conservación de su hábitat. Al cabo de unos minutos de deliberar sobre lo que habían visto en el catálogo, los reunidos en torno al vendedor comenzaron a despotricar y a lanzar insultos contra éste. Lejos de asustarse, Paco les pidió tranquilidad y que dirimieran sus diferencias por medio del dialogo exponiendo sus argumentos serenamente. Sin abandonar el tono agresivo, el que parecía llevar la voz cantante en el grupo espetó al vendedor lo siguiente. -Coge ahora mismo toda tu mercancía y vete lejos de aquí, no vuelvas a molestarnos con tus prédicas, si no quieres tener problemas serios. Francisco respondió sin perder las formas. -¿Por qué os molesta tanto vestir prendas que embellecen a todo el que las luce? -Porque nuestras vestiduras ya lucen como el sol y ya tenemos nuestros ríos y nuestras praderas particulares, y también tenemos comida en nuestras mesas, tanta que es suficiente para colmar el apetito de hasta diez generaciones de nuestros descendientes. Gritó colérico el interlocutor de Francisco. Guardó éste el catálogo, empaquetó sus cosas y para no crear situaciones desagradable, marchó cabizbajo rumbo hacia ¿quién sabe dónde? En lo sucesivo nada se supo del vendedor de sueños. Pero cuando enmudeció la música, cuando fuertes vientos agitaron continentes enteros y la falta de calor sumió en el frío a medio mundo. Cuando la felicidad fue una entelequia, voces nostálgicas reclamaron el retorno de aquella mercancía que por plazas y esquinas pregonaba, en tono sereno, el desaparecido mercader.   EN SU MISMO SER. Me hablaron tanto de ellos en mi niñez y adolescencia que aún sin conocerlos los tenía siempre presentes. Se mezclaban en mí, el temor por uno y el deseo por el otro. Y salí, salí decidido a buscarlos. Miré, indagué, pregunté por ellos, unos me dirigían al norte, otros al sur. No faltó quien me dijera que si quería encontrarlos debía elevarme por encima de las estrellas o descender a grutas subterráneas. Siguiendo las indicaciones me desplacé en todos los sentidos, hasta que, cansado y abatido por mi fracaso me senté a la orilla del camino para analizar donde podrían estar aquellos lugares y porqué no daba con ellos después de tantos años de búsqueda infructuosa. En estos y otros pensamientos andaba yo tan enfrascado que no me di cuenta de que un caminante venía hacia mí, hasta que le tuve prácticamente a mi lado. -Buenos días amigo. Dijo, una voz dulce y quebrada que me sobresaltó. -Buenos días -.Respondí aturdido. Era un hombre de una edad difícil de precisar, de barba cana y espesa, vestía ropas humildes y desgastadas por el uso, llevaba el cabello largo y ralo. Iba cubierto de pies a cabeza por el polvo del camino, descalzo y sin más equipaje que una pequeña mochila y una cantimplora medio vacía. Sin embargo, en su mirada había una profundidad que parecía abarcar todos los misterios que en el mundo quedaban sin resolver. Se sentó a mi lado, y lo primero que hizo fue ofrecerme su cantimplora, por si necesitaba beber. -Gracias -.le dije.-Había agotado mis reservas. -De nada -.Respondió.-Para eso estamos en el camino. Iniciamos una animada conversación sobre temas sin demasiada importancia, hasta que, de pronto me preguntó. -¿Que buscas por estos parajes tan inhóspitos, hacia donde te diriges? -Voy en busca de un prodigio. -Le dije-. Encontrar los dos lugares más escondidos y de los que tanto he oído hablar durante toda mi vida. -¡Ya! Exclamó el caminante, habiendo comprendido lo que yo buscaba. -Mira muchacho, permíteme que te diga dos cosas. La primera es que no recorras más leguas en esa búsqueda. Los prodigios suceden a cada momento y cuando menos lo esperas. Cuando germina una semilla, cuando nace un niño, cuando sientes el amor. En cualquier circunstancia nos podemos topar con un prodigio, lo que ocurre es que se cansan nuestros ojos de mirar tan lejos y no miramos a nuestro alrededor, pero allí están ¡seguro! Sólo hay que aprender a mirar para verlos en lo que nos es más cotidiano. La segunda, es referente a los dos lugares que buscas con tanto afán. ¡No busques más! Mira a tu derecha y luego a tu izquierda, delante y detrás, pero sobre todo, mira dentro de ti, escudriña bien ese paisaje, detente un momento, examina tu mente y tu corazón y verás como en su interior encuentras, sin lugar a duda, aquello que tanto tiempo llevas buscando. Nunca supe quien era. Le di las gracias, nos despedimos, él siguió su camino y yo seguí sus consejos.   JUAN INIESTA. Más allá de los límites de La Tierra, más allá del infinito, buscaba yo el cielo y el infierno. Pero una voz severa me advirtió: “El cielo y el infierno están en ti”. Omar Khayyam. Juan Iniesta se quejaba de todo. El día que amanecía nublado protestaba porque no había sol, el día que había sol se quejaba porque hacía calor. Si no llovía, porque se estaba secando el campo y si llovía, porque hacía mal tiempo. Era el perfecto inconformista. Pesimista por naturaleza siempre refunfuñaba por cualquier cosa fuese de la índole que fuese. Incapacitado para gozar de las pequeñas cosas, todo se le antojaba gris en el ambiente donde se movía. Su esposa e hijos trataban por todos los medios hacerle entender que las cosas no eran como él las veía, que era cuestión de que se replanteara su forma de entender el mundo, y que se podía ser moderadamente feliz con solo apreciar las cosas que la vida misma pone a nuestro alcance. Pero Juan no se apeaba del burro, y erre que erre, seguía con su costumbre de verlo todo negro. Un día, a comienzos de la primavera, Juan salió temprano de casa decidido a estirar un poco las piernas por un bosquecillo próximo al lugar donde vivía con su familia. La mañana era esplendida, los prados llenos de toda clase de florecillas daban a estos un aspecto de alfombra de mil colores. A medida que se acercaba al bosque, el piar de los pájaros y el revoloteo de las mariposas, junto con el zumbido de las abejas que libaban en aquel edén, mostraban un cuadro primaveral precioso, pero él, ajeno a toda la belleza que había a su alrededor no se daba cuenta de nada. De pronto, un ligero vientecillo se coló en el ambiente y le hizo sentir un poquito de frío. Maldijo por no haber cogido alguna chaquetilla por si se echaba fresco, cosa esta muy normal en esa época por aquellos lugares. Ensimismado en sus pensamientos iba, cuando un poco antes de llegar al bosque observó que una tenue neblina se había levantado en torno a él. Se dijo que aquello no le impediría dar su paseo pues algo así se evaporaría enseguida que el sol tomara fuerza. Se internó en el bosque y aunque notó que la niebla iba en aumento decidió seguir adelante, pues de sobra conocía todas las sendas que lo cruzaban y no había ningún problema pese a que aquella molesta niebla se espesaba por momentos. ¡Qué extraño era aquello! Juan empezó a pensar en retroceder, pues todo él estaba empapado con la humedad que la bruma desprendía y eso le producía un frío pegajoso que ya le hacía castañear los dientes. A los pocos minutos, la niebla se hizo tan densa que la luz del día desapareció por completo. La oscuridad era tal que no veía los árboles ni los matojos que estaban a escasos centímetros de él. Se dio la vuelta para regresar pero ante su extrañeza notó que sus pies pisaban el follaje y las plantas del bosque. -Me he salido del camino. Pensó, y varió la marcha un poco a la izquierda para retomarlo, pero no lo vio, cambió el sentido hacia la derecha y tampoco pudo encontrarlo, siguió caminando en lo que creía era la dirección correcta andando a campo través, pero pasados diez o quince minutos, (tiempo que él creía suficiente para haber salido del bosque) comprendió que estaba desorientado. Trató de no ponerse nervioso y caminó buscando la salida de lo que ya le parecía un condenado laberinto; empezaba a estar asustado, pues nunca le había pasado nada igual por aquellos contornos, que conocía a la perfección desde su niñez. Lo que sucedió a continuación fue algo que Juan no podría explicarse nunca. Ya en la más completa oscuridad empezó a notar que la niebla se iba convirtiendo en un espeso muro que le rodeaba y apenas le permitía moverse. Lo que en un principio le parecía de un material gomoso y flexible empezó a solidificarse con tal consistencia que se sintió atrapado sin poder dar un solo paso. El miedo hizo presa en él y haciendo un gran esfuerzo logró sentarse sobre una piedra grande y allí quedó inmóvil, como si estuviese dentro de un bloque de cemento que ya hubiese fraguado. Sintió una angustia horrible, perdió la noción del tiempo y lloró sin consuelo pensando que nadie le encontraría jamás dentro de aquella pared que le había apresado y que no tenía ningún sentido que estuviese allí. Se dejó llevar, cerró los ojos y recordando a su esposa y a sus hijos perdió el conocimiento. Pasado un tiempo imposible de calcular pero que a él le pareció una eternidad, comenzó a recuperar la conciencia. Todavía casi inconsciente, intentó abrir los ojos, pero los cerró de inmediato cegado por la intensa luz del sol que le daba de lleno en el rostro y que se filtraba a través de un claro entre las tupidas ramas de los árboles. Movió brazos y piernas para desentumecer los músculos, se levantó despacio intentando recordar donde estaba, y al momento vio el camino que pasaba a un par de metros de donde había permanecido todo el tiempo atrapado en un muro que ahora había desaparecido, se orientó por la posición del sol y reconociendo ya cada palmo de terreno, con el corazón en la garganta corrió hacia su casa. Cuando salió del bosque, el prado, con toda su belleza se ofreció a sus ojos con sus flores y su verde alfombra de césped, y ahora sí, ahora Juan quedó maravillado ante tanta hermosura como se desplegaba ante él ¿Como no apreció antes lo bonito que era todo aquello? ¿Cómo sus ojos nunca habían sido capaces de ver aquella maravilla? Llegó a su hogar pensando que su familia estarían preocupadísimos por su prolongada ausencia. Además no podía explicarles nada, puesto que no tenía ni idea de lo que le había ocurrido. Su sorpresa fue grande cuando al entrar en el salón encontró a su mujer y a sus hijos sin aspecto alguno de estar preocupados y desayunando tranquilamente. Carmen le miró sonriendo, y preguntó. -¿Qué tal el paseo? -Bi…bien. -Respondió tartamudeando Juan. -No creíamos que ibas a regresar tan pronto, sino te habríamos esperado para desayunar. -Verás, -dijo él, bastante desconcertado. -yo creía que había tardado mucho tiempo en volver. -Pero hombre, si apenas hace una hora que te fuiste. -Contestó riendo su esposa-. Venga, siéntate que te preparo el desayuno en un momento. Juan guardó silencio y mirando profundamente a su familia se sentó a la mesa y desayunó sin decir palabra. Una vez que terminó Y al verle tan pensativo, Carmen le preguntó -Juan, ¿Te ha ocurrido algo? -Nada, nada. -Respondió Juan- Me despisté un poco y… -Bueno, ya estás en casa.-Respondió Carmen-. Mira, como hoy es domingo y hace un día precioso, he pensado que podíamos salir al campo, e incluso comer en el bosque unos bocadillos que voy a preparar, así gozaríamos de un hermoso día de primavera. Juan asintió en silencio. Fueron al prado, comieron en el bosque donde todo era paz y tranquilidad, y donde no existía rastro alguno de nieblas ni oscuridades. Ahora se sentía feliz, podía reconocer cada signo de belleza que encontraba a su paso y se juró que en adelante no dejaría de gozar en compañía de su familia de todas las cosas bonitas que le rodeaban, por insignificantes que le pudieran parecer.   MÁS ALLÁ DEL ARCO IRIS. He recordado mil veces lo que un día me explicó un viejo amigo ya fallecido. Hombre de gran imaginación que a menudo urdía historias fantásticas rayanas en lo increíble. A continuación les relataré la última que me contó. Dijo que venía de hacer un viaje, más allá del Arco Iris, para así conocer lo que allí había. A menudo, plasma mi mente la fotografía que me inspiró su relato. Intentaré ser con él todo lo fiel que mi memoria me lo permita Me dijo que abarcando todo el perímetro de la semicircunferencia hay rayos de luz negra, separados por una corta distancia, que descienden en vertical desde la franja de colores hasta clavarse en el suelo. A su vez, otros del mismo color se desplazan en horizontal, igualmente a lo alto de todo el arco. Configuran así una fría y negruzca reja que nos excluye de desconocidas alboradas y paisajes que reverberan en lontananza. Como atrapados a este lado de la imaginaria reja, entre brumas y soles que no alumbran y donde todo es gris, ojos huérfanos de poesía añoran imposibles sonetos de viento y melodía que se presienten al otro lado y que sobrevuelan praderas azules para desbordar con su originalidad los límites de cualquier habilidoso ilusionista. Hablaba, de que hacía muchos años buscando en los viejos baúles de su desván halló un antiguo libro olvidado allí. Tan deteriorado y polvoriento estaba que apenas si se podía leer en sus páginas. Se titulaba “Mas allá del Arco Iris”. Lo rescató, y desde entonces lo había leído infinidad de veces, tantas que todo él quedó grabado en su memoria, por eso se decidió a ir allá. Según él, contaban sus hojas borrosas, maravillosas historias desconocidas a este lado y que él efectivamente descubrió. Me dijo que en ese lugar nunca se oculta el sol durante el día porque no aparecen nubes que impidan que todos los que allí viven reciban su luz y su calor, pero que sin embargo crecen árboles y plantas de toda clase y sus campos son los más fértiles, pues la humedad y el agua brotan de la tierra hacia arriba en preciosos manantiales de aromas y de frescura, como en un ofertorio divino. Las noches son cálidas y frescas a la vez, colmadas de mágicos susurros de estrellas fugaces y de musicales rumores de labios que acarician. Adán y Eva corretean a sus anchas saciando su apetito. Prueban todos los frutos sin temor a espadas flamígeras ni a ángeles vengadores porque el jilguero vuela siempre libre. Por doquier se para a picotear, después levanta el vuelo sin mirar atrás y busca otras semillas igual de apetecibles. Come de todas ellas sin miedo a nada ni a nadie, sin sentimiento de culpa porque la esencia de su nombre no está prisionera en jaulas de papel colgadas en la pared de fríos archivos de juzgado, ni en armarios de austeras sacristías y son a la vez sus deliciosos trinos patrimonio absoluto tanto de almas como de cuerpos. También me contó que comprobó que en ese sitio no se oyen nunca gritos ni lamentos ni se ven miradas de angustia y cielos vacíos. Por el contrario, sobre el despejado horizonte se prodigan los abrazos y a unos y a otras se les ve felices y unidos caminando sobre alfombras de albahaca y hierbabuena. Y todo el mundo ama y respeta el blanco inmaculado de las auroras en libertad. Los rosales y jazmines no tienen dueño y no importa el color de sus pétalos porque siempre es tiempo de lilas, de orquídeas y de claveles. Cada poco tiempo se levanta una ligera brisa que trae suspiros de anhelos y deseos satisfechos hasta la saciedad. No hay límites para el placer y una magistral conjunción de líneas rectas y de delicadas curvas dibuja una geometría celestial, portadora en si misma de néctares y vuelos de mariposa. No hay muros ni fronteras. Setos de adelfas y de madreselvas los sustituyen. La fertilidad se extiende y se manifiesta en todo su esplendor en valles y huertos, en los sembrados y en las eras. Por último, me comentó con tristeza que a este lado, donde el tiempo se estira hasta lo inverosímil y sólo hay desconsuelo y rigidez, no se encuentra un resquicio por donde escapar más allá del Arco Iris, puesto que para ello se exigen especiales condiciones de la que contadas personas gozan. De las pocas que lo consiguieron sólo él decidió regresar para contarnos su hermosa experiencia.   QUIERO GRITAR AL SLENCIO. Juan rondaba los sesenta y pico cuando por circunstancias que omitió, tuvo que abandonar los caminos que siempre había recorrido y en los cuales se movía como pez en el agua y pasó a internarse por sendas, desconocidas para él. El caso es que al cabo de unos días estaba perdido por completo. Tal vez se debió a su desconocimiento del lugar, o a su natural torpeza para asimilar aquella nueva situación, o a las dos cosas a la vez. Cuando su intención era dirigirse al norte resultó que donde se encontraba era en el sur. Para mayor desgracia, durante el “dichoso” trayecto dio con un grupo de bandidos que lo despojaron de todas sus pertenencias y alimentos, por lo que tuvo que recurrir, para comer, a los dátiles e higos chumbos que le ofrecían las esporádicas palmeras y chumberas que, de vez en cuando, hallaba en el camino. Angustiado estaba cuando, hacia Oriente empezó a oír ruido de cascos sobre las piedras y gruñidos de carretas que se iban acercando. Temeroso de que regresaran los asaltantes se ocultó detrás de dos grandes rocas para no ser visto. Pero a poco entendió que se trataba de una caravana que cruzaba en su camino rumbo a algún ignorado lugar. Al acercarse la caravana y asegurarse de que no corría peligro alguno abandonó su escondite y se dirigió hacia los viajeros resuelto a hablar con el jefe de aquella expedición. Eran gente afable y sencilla, y como tal le recibieron. Fue llevado frente a la persona responsable de aquel convoy. Se trataba de un hombre de unos cincuenta años, alto, de piel morena, y excesivamente curtida por el sol y los vientos del desierto. Tenía la cabellera abundante, casi plateada, y una mirada donde se almacenaba toda la oscuridad de las noches pasadas en aquellos lugares. Se llamaba Alí, su voz se escuchó suave, en un castellano muy aceptable. -¿Hacia dónde te diriges, caminante? Preguntó sin asomo de intriga, ni aparente interés por la respuesta. -A cualquier sitio que me rescate de viejas soledades. Temía que le preguntara por qué iba caminando por aquel desierto, pues no habría sabido responderle. Pero no lo hizo. -¿Qué quieres de nosotros? -Dijo clavando sus negros ojos en los de Juan. -Que me llevéis. Da igual dónde, pero que me llevéis. No tengo nada, me lo robaron todo, pero si me dejáis ir con vosotros trabajaré como el que más para pagar el viaje. Alí le hizo una pregunta que le desconcertó. -¿Qué ocurrió con tus sueños? Juan no mentiría si hubiese dicho que se quedó unos momentos con la mente en blanco y sin saber que responder, porque ¡Vaya preguntita para la ocasión! Nunca desde que tuvo opinión propia fue hombre muy dado a las fantasías. Siempre sintió inclinación por lo pragmático, y esa pregunta le cogió desprevenido por completo. Pensó en decir cualquier cosa al azar, pero la profundidad de la mirada de su anfitrión le disuadió. Respondió escuetamente. -Desaparecieron. Alí le miró fijamente durante varios segundos y dijo: -Está bien, acamparemos aquí esta noche, haré que te preparen una jaima y mañana hablaremos del viaje. Sin saber por qué, ni considerando que seguramente Alí conocería el lugar mucho mejor que él, le comentó extrañado por lo inapropiado del entorno. -¿Vamos a acampar en este lugar tan desolado, cuando todavía quedan casi dos horas de sol, y podríamos hallar un terreno más protegido que este? -No te preocupes, todo irá bien. Respondió Alí con tranquilidad. Todos los componentes de la caravana se pusieron manos a la obra, hicieron un círculo con las carretas, desengancharon los bueyes y los colocaron tras una cerca junto a los camellos. En pocos minutos quedó montado el campamento. Todo denotaba sencillez y austeridad. Sin embargo la gente parecía contenta y nadie se preocupaba por lo evidentemente desprotegido que estaba el terreno que se había elegido para pasar aquella fría noche del desierto. Pronto se alzaron veinte o treinta tiendas de lona en el perímetro que acotaban las carretas. Entre las jaimas había una más pequeña que las demás, donde le condujo un chaval de apenas once años diciéndole que era la que le estaba destinada para pasar esa noche. Cuando Juan entró en ella vio con asombro que además de una cómoda litera, había unas vestiduras sencillas pero de buena calidad, así como calzado adecuado para andar por aquellos escarpados territorios. También habían colocado sobre una pequeña mesita algo que su maltrecho estomago agradeció sobremanera, una humeante bandeja que contenía una abundante cena. Una vez aseado con el agua y los enseres que a tal fin allí habían dejado, afeitado y perfumado se dispuso a hacer honor a aquellas viandas. Fue tanto el derroche de amabilidad que los anfitriones emplearon que él quedó al límite del asombro, o al menos eso pensaba, porque lo que pasó a continuación fue tan extraordinario que es imposible relatarlo sin ser tachado de embustero. Pero, según él, era absolutamente cierto todo cuanto le ocurrió. Lo que contó fue que, una vez acabada la cena, salió de la pequeña tienda con el fin de dar un corto paseo. Y el lugar en el que se encontró no tenía nada que ver con el terreno donde apenas dos horas antes habían acampado. El sitio aquel se había convertido como por ensalmo en un oasis maravilloso. Las palmeras y los setos de flores habían crecido por doquier, la temperatura era agradabilísima y las estrellas se reflejaban en los pequeños lagos que formaban los arroyos que corrían en rumoroso jolgorio junto a rosales y geranios, formando todo ello una estampa idílica, como de cuento de hadas. Las familias charlaban y cantaban en sus jaimas y el ambiente se había vuelto sencillamente paradisíaco –increíble-. Pensó para sí. Lleno de asombro y atemorizado, sin comprender absolutamente nada, Juan retrocedió hasta su tienda y se sentó al fondo sobre una alfombra sin atreverse a hacer movimiento alguno, desconcertado y pensando lo que podía estar ocurriendo, o si le habrían mezclado algún alucinógeno con el vino que antes había tomado. Así estuvo durante un buen rato, hasta que el sonido de unos pasos sobre la tarima de entrada a la tienda le avisó de que alguien se aproximaba. Esperó con ansiedad a saber quién era y qué deseaba. Una delicada voz solicitó permiso para entrar. La palabra “pase” sonó trémula en sus labios. Pero la autentica tribulación se apoderó de él cuando, al abrirse la cortina y recibir la luz de la lámpara que ardía sobre una mesita, se recortó en la entrada la silueta y el rostro de la más hermosa mujer que jamás habían visto sus ojos. -Buenas noches. El tono de su voz se asemejó al trino de los ruiseñores. -Buenas noches. Respondió Juan totalmente azorado. Era increíblemente bella, de rostro perfectamente ovalado. Su cabellera de noche sin luna caía en cascada sobre unos hombros encantadoramente torneados. Estaría por los veinte años. Sus ojos eran puro azabache y tenían una mirada que hablaba en cualquier idioma. La armonía de sus líneas parecía hecha para marear a cualquiera que se ensimismara en su contemplación. Eso es lo que Juan pensó realmente. -Soy Yasmín, hija de Ali, me envía mi padre para conversar con el caminante. Ya más tranquilo acercó él un pequeño silloncito y le rogó que tomara asiento junto al suyo. Aceptó ella con una leve inclinación de cabeza y una linda sonrisa en sus labios. Se sentó el caminante junto a ella, no sin antes ofrecerle una infusión de té que la muchacha declinó amablemente. -Mi padre desea saber si tus intenciones siguen siendo las de acompañarnos en el viaje, y que piensas respecto a nosotros. Dijo Yasmín con suavidad. -No lo sé. Estoy confuso. He visto cosas inexplicables que no me permiten razonar con claridad. Respondió Juan, aturdido. -¿Como cuáles? -Pues por ejemplo el sitio donde nos encontramos. Por la tarde era el más desolado lugar que se pudiera imaginar. En cambio, ahora es uno de los sitios más bonitos que he visto hasta hoy ¿cómo se explica eso? -Se explica porque las cosas se ven de distinta forma dependiendo del ángulo y la perspectiva desde donde las miras. Por eso lo que ves ahora es tan real como lo que veías por la tarde. -Sí, puede ser. Pero no lo entiendo.- Le dijo. -¿Recuerdas cuando Alí se interesó por tus sueños? -Sí, lo recuerdo -respondió, intrigado por la pregunta. -Mas no es de sueños de lo que se vive. -Es verdad, no se puede vivir de sueños, pero creemos que tampoco sin ellos. -Quizás. Aunque es la realidad la que para bien o para mal nos empuja a vivir. -¡Cierto! Pero los sueños que se unen a los sueños de los demás se realizan con mayor facilidad y nos proporcionan una meta a donde esforzarnos para llegar. Hizo una pausa y continuó. -Mira caminante, los sueños son como el desván de la memoria, ya que el argumento de ellos no sigue una dirección lineal sino intemporal. En ese almacén depositamos los sentimientos de todo lo vivido y de lo que está por vivir. Si clausuramos ese “desván” ocurrirá, por ejemplo, que jamás volveremos a ser aquel niño que corría tras una pelota, o a revivir ese inolvidable beso que dimos a nuestro primer amor, o a sentir el sabor de las lágrimas después del primer desengaño. De la misma manera tampoco gozaremos con lo que desearíamos vivir en un futuro más o menos lejano. Créeme, esos sueños son importantísimos en la vida de la gente, porque la alternativa a ellos suele ser la nada. Calló pensativa Yasmín, lo que aprovechó él para cambiar el rumbo de la conversación. -¿Quién sois y dónde os dirigís exactamente? -Somos gente corriente, de todas las edades y colores. Nos dirigimos a todos los lugares. Andamos por el desierto y cuando encontramos a algún caminante solitario nuestro deseo es invitarle a que venga con nosotros e intentar que recupere sus sueños si alguna vez los perdió. O bien procurar que los descubra si nunca los tuvo. -Ojala pudiera a vuestro lado reconocer los que extravié. –Dijo Juan, sonriendo con melancolía. -En realidad, eso depende de ti. Si lo logras será mérito tuyo. Si no lo consigues, te dejaremos cerca de alguna ciudad para que puedas llegar a ella sin problemas. Respondió la chica, clavando sus ojos en los del pensativo caminante. -¿Cómo lo sabré antes de partir al alba? -¿Alguna vez, has gritado en el más absoluto de los silencios? -Sí, claro, muchas veces. Son cosas que pasan. Ella preguntó interesada. -¿Qué es lo que siempre te ha devuelto el eco de tu voz? -Pues, ¿qué me va a devolver? Mi propio grito. -En ese caso, ve. Aléjate de nosotros hasta donde no oigas sonido alguno. Desahoga tu alma con ese grito. Si el eco te devuelve alguna canción, eso querrá decir que no estás del todo imposibilitado para soñar y serás uno de nosotros. En caso de que la respuesta solo fuese el lamento, eso te acompañará durante toda tu vida. Apresúrate, el amanecer está cerca. Sin perder tiempo abandonó Juan la tienda y fuera ya de los límites del oasis se internó en el desierto. Corrió durante media hora, hasta que perdió todo contacto visual y acústico con el campamento. A medida que se alejaba su preocupación iba en aumento. En el centro de la soledad total se detuvo casi sin respiración y pasados unos minutos escapó de su pecho el grito más desesperado que nunca emitiera garganta alguna. Esperó quieto, como petrificado a que el eco le devolviera el lamento. Pero lo que el eco le devolvió no se parecía en nada a una queja. Desde la dirección donde se hallaba el campamento empezó a llegarle una música de címbalos y flautas que saludaban a las primeras tonalidades de la aurora. Volvió a toda prisa sobre sus pasos. Y a mitad de camino al campamento oyó la voz de Yasmín que, con los brazos extendidos, venía corriendo hacia él llena de alegría. La luna alumbró su encuentro con su baño de plata. Abrazados llegaron al lugar donde ya todo estaba preparado para iniciar la marcha. Desde entonces, siempre con la ayuda de aquella gente, Juan fue uno más en la caravana, donde siguió dedicándose a acompañar en la búsqueda de los sueños a todo aquel que en cualquier momento los hubiese dejado, Dios sabe dónde, olvidados.   LA EQUILIBRISTA. Por eso deja el hombre a su padre y a su madre, se une a su mujer y se hacen una sola carne. Génesis 2 / 24 . Louisse comprobó con la punta de su pié la tensión del cable. Esta tenía que ser la justa, ni flojo ni demasiado tenso. Una vez que se aseguró de que era la correcta se dispuso a iniciar el ejercicio. Ella lo había realizado muchas veces desde que trabajaba en el circo y aunque era muy arriesgado no representaba un excesivo problema su realización. Louisse era una experta profesional y conocía a la perfección todos los trucos del oficio, tanto era así, que hacía muchos meses había ordenado retirar la red que la protegería de una eventual caída desde los veinticinco metros que la separaban del suelo y que sin duda sería de fatales consecuencias. El espectáculo multicolor del circo le había fascinado desde muy pequeña, cuando sus padres la llevaban a ver las funciones de los que con frecuencia llegaban a la ciudad. Aquel derroche de luz, música y color, de risas y de riesgo la conquistaron pronto y todo eso unido a su habilidad para cruzar espacios abiertos sobre cualquier viga o cuerda y su amor por las dificultades y el peligro, la convirtieron en una gran equilibrista que muy pronto empezó a actuar en los mejores circos del país. Louisse era una mujer bellísima, de larga melena rubia, ojos claros que daban a su mirada un brillo especial y profundo. De estatura media y con una figura, que en el esplendor de su juventud había sido la admiración de todos, independientemente de que pertenecieran a uno u otro sexo. Actualmente debía rondar por los cuarenta y pocos y aun que los tres embarazos y el haber cruzado la línea de los cuarenta habían alterado algo su figura, Louisse seguía conservando aquella inalterable belleza que en ella era consustancial y definitorio. Había elegido para la ocasión un vestido de chaquetilla corta, salpicado de brillantes lentejuelas y una faldita blanca corta que contrastaba con el color rojo intenso de la parte superior, dándole, con el reflejo de los focos, un aspecto de ángel volador sobre la pista central del circo. El redoble de los timbales anunció el inminente comienzo del peligroso ejercicio. Este consistía en que la artista debía cruzar todo el espacio que separaba las dos plataformas que situadas sobre dos altísimos postes que ascendían desde cada lado de la pista hasta solo un par de metros de la lona que hacía las veces de techo. Estaban conectados estos entre sí por un fino cable de acero sobre el cual debía pasar montada en una especie de bicicleta de una sola rueda que, con una horquilla sujeta a su eje, acababa en un sillín. Movido todo por dos pedales situados en el centro de la rueda. Le ayudaba a conservar el equilibrio una larga pértiga que mantenía horizontal, mientras pedaleaba lentamente desplazando aquel artilugio hacia adelante o hacia atrás. -Está bien, vamos allá-. Los timbales habían callado y el numeroso público guardaba un expectante silencio. Quiso dar el primer impulso pero sus miembros no obedecieron la orden de su cerebro. -¿Qué está pasando? ¿No será que tengo miedo, después de hacer esto tantas veces? -Tengo que concentrarme aquí y ahora en lo que estoy haciendo: Ya pensaré más tarde en cómo voy a enfocar esta nueva vida. Louisse apartó los visillos de la ventana, había oído el ruido del coche y vio descender de él a Jack, lo observó con detenimiento, su paso inseguro y vacilante le dio a entender lo que ella ya temía. -Maldita sea, ha vuelto a beber. Efectivamente, Jack volvía borracho otra vez y lo que Louisse más temía, era lo violento que se ponía en esas ocasiones. La sombra que se dibujaba en sus ojos le hizo temer lo peor. Jack golpeó con furia la puerta. -Abre zorra. Gritó sin dejar de golpear la madera. -Abre que hace frío afuera. Louisse quitó el cerrojo con temor y Jack entró en la “rulot” dando un traspié. -¿Qué querías, que me congelara en la calle? Dijo con voz pastosa. -No Jack, es que estaba acostando a la niña. Mintió ella intentando tranquilizarlo, pero el emitió un bufido y por toda respuesta, la apartó violentamente. -¿Dónde están Robert y Toni? Preguntó agriamente, dejando escapar su aliento cargado de whisky. -les he dicho mil veces que quiero que estén en casa cuando yo vuelva. -Están trabajando Jack y lo sabes, pues nos hace falta el dinero. -¿Me estás llamando vago? Eso es, me estás diciendo que no quiero trabajar y que por eso trabajan ellos. -Yo no he dicho eso Jack. -Sí, si lo has dicho. Dijo él, en tono cada vez más amenazador, despertando con sus gritos a la pequeña Paula que comenzó a llorar con fuerza. Louisse quiso atender a la niña pero él la sujetó del brazo y con la mirada inyectada de alcohol la retuvo con dureza. -Me haces daño Jack, suéltame por favor. -Y más que te voy a hacer. -Dijo con desdén. -Tú te crees la primera estrella del circo ¿verdad? tú ganas el dinero, mantienes a la familia y crees que yo soy un inútil que no sirve para nada. Jack no le dio tiempo para responder. Alzando el brazo la golpeó con rabia y ella cayó al suelo quedando inconsciente. El juez declaró disuelto el matrimonio. Ella al recuperarse no lo dudó un instante y dio por acabada una relación que había durado casi veinte años. Mucho tiempo soportando los complejos de un hombre que siempre se sintió ofendido porque ella fuese una estrella famosa y el nunca pasara de ser un simple cuidador de animales. Ella, Siempre hacía equilibrios para evitar los enfrentamientos cada vez más agrios y frecuentes de Jack con ella y con los chicos, que se habían convertido en el blanco de todas sus iras y frustraciones. Louisse pensó que el público era muy comprensivo pues no había dado muestras de impaciencia a pesar de su retraso en iniciar lo que era el momento cumbre de la función. Decidida a comenzar su número concentró toda su energía en los movimientos de cada parte de su cuerpo intentando sincronizarlos con exactitud milimétrica y se lanzó hacia delante. La rueda del vehículo comenzó a recorrer los primeros metros del cable y la cadencia de sus lentas pedaladas se asemejaban a la batuta del director de una orquesta. Sus compases eran perfectos. Con elegante agilidad alcanzó la mitad de la distancia que la separaba del final del trayecto, allí paró el pequeño ciclo y simulando que perdía el equilibrio dio dos o tres vaivenes, haciendo como que estaba a punto de caer, lo que provocó en el publico un grito unánime de contenida angustia. La tensión subió al límite cuando Luisse dejando caer la pértiga se alzó sobre los pedales y colocó ambas manos sobre el sillín para, lentamente elevarse cabeza abajo, en vertical sobre el pequeño vehículo. El silencio allá abajo en las gradas era absoluto. Nadie respiraba y cuando la artista se dejó caer hacia atrás y quedó sentada de espaldas a la trayectoria que debía seguir y que completó marcha atrás, se oyó un profundo suspiro de alivio en el público que observaba absorto el peligrosísimo ejercicio. Cuando Louisse llegó por fin a la plataforma donde acabó su actuación, la ovación sonó atronadora y cuando, sus pies tocaron el suelo, recibió la mayor salva de aplausos que había recibido nunca. La pista se cubrió de flores y ella se sintió enormemente feliz. Contenta y segura de haber realizado el mejor ejercicio de toda su vida. PAOLO. Paolo era un niño bastante díscolo. Trigueño, con la cara llena de pecas y con ojos grandes y avispados. Tenía once años, muchos amigos y casi siempre, unas enormes ganas de alborotar. Era locuaz, inteligente y muy revoltoso, lo cual hacía que todos los que le conocían le quisieran de verdad. Pero Paolo carecía de constancia e interés para los estudios. No es que le costase gran trabajo aprender las lecciones que impartían sus profesores, no, lo que ocurría es que ni les prestaba atención ni se preocupaba demasiado por ellas. Él solía decir que le gustaban más los videojuegos que la escuela y que se aburría más leyendo un libro que si se iba de marcha con sus coleguillas. En algunas ocasiones le pillaron haciendo novillos, lo que le costó su buena porción de regañinas y castigos por parte de sus padres que estaban empeñados en hacer de él un hombre de provecho. Tanto ellos como los profesores intentaron siempre inculcar en el muchacho la idea de que con las cualidades que poseía podría llegar a ser lo que se propusiera si empleaba la dedicación y el esfuerzo necesario en conseguirlo. Paolo tenía un amigo que se llamaba Víctor, este chico, que contaba más o menos su misma edad, era todo lo contrario de Paolo. Era más bien sosillo, poco agraciado y no poseía la perspicacia de que hacía gala el otro, tampoco tenía el nivel de inteligencia de Paolo, pero era un gran trabajador, por eso casi siempre era, de todos los alumnos del colegio, el que mejores notas sacaba. El muchacho se burlaba con frecuencia de su compañero, diciéndole que era un “pringao”, un tonto y que él no necesitaba esforzarse tanto para llegar a ser millonario. Ambos fueron pronto, considerados por todos sus amigos, como la cara y la cruz de la moneda. Y este sentimiento se asentó entre ellos y fue gestando una rivalidad que los colocó uno frente al otro en más de una ocasión. Al año siguiente comenzaron la enseñanza secundaria y durante todo ese periodo se agudizaron las diferencias que nacieron en la etapa anterior. Paolo basaba su éxito en su porte y atrevimiento, en lo que él creía que aumentaba su caché con las chicas, soñaba con dinero fácil y abundante, con coches de lujo y con ropas de marca que le permitieran ligar con las muchachas que a él le gustaban y a las que perseguía asiduamente. Empezó a frecuentar ambientes y costumbres poco recomendables, a probar productos que le daban, decía, mayor énfasis y valor en sus escarceos y así acabó delegando su personalidad en conceptos externos y artificiales que nada tenía que ver con una formación y un criterio propio, nacido de un convencimiento interior profundo. Abandonó el instituto y encauzó su vida por otros derroteros, buscando el mínimo esfuerzo y el máximo rendimiento. Víctor, por su parte, acabó sus estudios, fue a la universidad, se doctoró en medicina y con enorme sacrificio, conociendo las dificultades y salvándolas con su tesón y trabajo, emprendió una vida llena de satisfacciones profesionales que le hicieron ser respetado por todo el mundo. Pocos años después, un día que Víctor estaba de guardia en el servicio de urgencias del hospital, trajeron a un muchacho que había recibido un navajazo en el pecho a causa de una reyerta entre pandilleros de la ciudad. La herida presentaba mal cariz, y fue necesario practicarle una operación de urgencia. Cuando Víctor vio el rostro demacrado de aquel joven, el color de su cara se volvió blanco como la nieve, pues reconoció al instante la sombra que quedaba en él, de lo que un día fue su amigo de la infancia. Puso en salvar la vida del muchacho, todo el saber que le habían proporcionado sus años de sacrificio, y al final, después de muchos días de tensa espera logró arrancarlo de las mismas garras de la muerte. Semanas más tarde, Mientras el doctor le practicaba una cura, Paolo abrió los ojos y vio la cara del médico y al reconocer en ella a la de su antiguo camarada, emitió un gemido seco y apretó con fuerza sus manos, a la vez que dos lagrimas resbalaban lentas por sus demacradas mejillas.   RENATO. A luís le llamaron la atención las descomunales dimensiones del pedestal. Era, casi más grande que el lugar donde lo ubicaron, pues era este, una plaza más bien mediana, con algunos árboles, un par de parterres con unas pocas flores, algo de césped y poco más. Al colocar aquella inmensa mole de mármol en el centro de la plaza el terreno que quedaba era escaso para el solaz de los viandantes y para los juegos de los niños. De momento pensó que la figura que lo coronaba sería acorde al tamaño del pedrusco que la sustentaba. Alzó la vista y se quedó perplejo porque la estatua que estaba encima del enorme pedestal tenía un tamaño tan reducido que apenas se veía desde abajo. Desde luego la desproporción era exagerada. Luís llevaba pocos días en el pueblo. Era dependiente en una gran superficie en su ciudad, pero al abrir la empresa otro comercio en aquel pueblo lo habían trasladado allí como encargado de personal del nuevo comercio. La figura que contemplaba era la de un hombre que, desde un atril, parecía estar hablando en alguna asamblea. Pero estaban tan descompensados los tamaños, que formaban un conjunto verdaderamente curioso. Se acercó a leer el comerciante la plaquita que en la piedra habían colocado, y que rezaba así: Renato, prócer e hijo predilecto de este pueblo. Buscó el hombre asiento en el único banco que había en la plaza, junto a un viejo que dormitaba aprovechando el cálido sol de finales del invierno. El hombre se espabiló cuando notó que alguien se sentaba a su lado. Se saludaron e iniciaron una animada conversación. Resultó el anciano ser una persona simpática y locuaz. Luís ignoraba todo lo referente a aquel lugar. Le preguntó quién era el tal Renato, pensando que se trataría de algún músico, escritor, pintor o algo así, pero el viejo le dijo que no, que Renato había sido alcalde del pueblo, procurador en cortes, senador, eurodiputado, y no se sabe cuántas cosas más. Que había conseguido muchas mejoras para el pueblo, y que por eso el consistorio acordó por mayoría erigir aquel monumento en su memoria. Le comentó el muchacho lo de la desproporción de los tamaños, y encogiéndose de hombros le dijo que no sabía por qué lo hicieron así, pero que el escultor, también de la localidad y viejo conocido del personaje homenajeado, argumentó que esas proporciones reseñaban exactamente las medidas adecuadas. Picado por la curiosidad, Luís quiso saber algo más sobre la figura del personaje y le preguntó al viejo si él lo había conocido. Le dijo que sí, que eran casi de la misma edad, y que el otro falleció hacía tres años, y cuando el curioso le pidió que le contara algo sobre él, su interlocutor le relató algunas historias bastante interesantes y reveladoras. -Renato -dijo- era un hombre que se hizo a sí mismo partiendo de la nada, montó una empresa en la cual trabajaban más de doscientas personas. Creó riqueza para la ciudad, invirtió su dinero y en poco tiempo llegó a poseer más tierras y más patrimonio que nadie en la comarca. Se llevaba bien con todo el mundo. Solo una vez tuvo discrepancias con los obreros, fue cuando despidió a aquellos sindicalistas, pero a partir de ahí ya no se volvió a decir nada más, pues decidió no contratar a nadie que perteneciera a ningún sindicato. -¡Caramba! Drástica decisión -comentó Luís- se quedó tranquilo. -Luego fue elegido alcalde, y el pueblo comenzó a prosperar. Se asoció con una empresa constructora, recalificó terrenos y se construyeron por doquier hermosas urbanizaciones con sus correspondientes campos de golf que dieron al pueblo un alto nivel de vida, y donde a pesar de que unos pocos protestaran diciendo que se estaban cargando el medio ambiente, lo cierto es que la gente tenía más dinero para gastar. -Y él se enriqueció todavía más ¿no? Respondió el otro con un guiño de picardía. Pero el viejo no hizo caso alguno de la intencionalidad del comentario. -Se dice que amasó una incalculable fortuna. En unas elecciones, se presentó por su partido y fue elegido diputado con un montón de votos. también pasó por el senado, y posteriormente estuvo en el congreso de Estrasburgo. En fin, lo que se dice una carrera política brillante. -Oiga, y… ¿dice usted que todo el mundo le quería? -Bueno, tenía sus detractores, pero ya se sabe, envidias, malas lenguas, gente siempre dispuesta a criticar todo lo que hacen otros. -¿Nunca se habló de irregularidades en su gestión? -Nada, cosillas, minucias. -¿Cómo cuales? -Verá…en su época de alcalde tuvo algún problemilla con la justicia… poca cosa. Se le acusó de hacer recalificaciones irregulares pero fue absuelto por falta de pruebas, no pudieron demostrar nada en su contra. -Y, ¿su vida privada? -De eso yo no sé nada, aunque decían que su esposa y él no se llevaban muy bien. Se comentaba que mantenía dos o tres amantes, ya que en amoríos era bastante calavera. -Ya…oiga, y ¿dice usted que el autor del monumento conocía muy bien a Renato desde muy antiguo?   BIS A BIS. Conciencia -Buenasss. Concienciado -¿Ya estás aquí otra vez? Conciencia -Parece que no te alegras mucho de verme. Concienciado -¡Psch! Es que eres muy pesada. Conciencia -¡Anda éste! Pues bien que presumes de mi algunas veces. Que si mi conciencia no me lo permite, que si mi conciencia esto, que si mi conciencia lo otro. Concienciado -Eso es una cosa y llevarte siempre encima es otra. Conciencia -¡Oye! si te molesto me voy. Concienciado -Está bien, no te enfades. Dime ¿qué quieres? Conciencia -¿Qué voy a querer? Pues remorderte un poco, que ese es mi trabajo y como no cumpla en él, me mandan al paro rápidamente. Concienciado -¡Uy! Pues así de pronto…no sé. Conciencia -Pero bueno, tú no tienes ningún pecado inconfesable. Concienciado (Pausa corta) -¡Sí! Conciencia -¿Me lo cuentas? Concienciado (Pausa larga) - ¡No! Conciencia -¿Por qué? Concienciado -Pues por eso, caramba, porque es inconfesable. Si te lo contara dejaría de serlo. Conciencia -Claro, es verdad. Perdona. Es que soy muy despistada. Concienciado -¡Oye! ¿Tú no tenías una amiga que te contaba cosas de su concienciado? ¿Podrías contarme algo? Conciencia -¡Cuidado que eres “marujo” tú también! Concienciado -¡Venga! Te prometo que lo que me digas quedará entre nosotros. Conciencia -Eso espero, porque de lo contrario, adiós Madrid. Concienciado -No te preocupes. Conciencia -Pues mira, la otra tarde me contó Piluca. (Piluca es la conciencia de un tipo que está podrido de dinero. Pues bien, me dijo que el fulano es dueño de medio pueblo y que tiene, no sé cuantos coches de lujo y pisos a punta de pala. Me dijo que frecuenta los mejores restaurantes y que come como Dios. Marisco de la mejor calidad ¡Ah! Y la mejor carne que hay en el mercado. Y, que cuando se sienta a la mesa y bendice el solomillo y las chuletas (porque eso sí, él es muy devoto), todavía tiene morro para pedirle al Señor: “el pan nuestro de cada día dánosle hoy”. ¿Qué te parece? Concienciado -Que, menos mal que no pide también postre y café. Conciencia -No le des ideas. Concienciado -¿Algo más? Conciencia -Si, que cuando hace la declaración de la renta, le devuelven. Concienciado -¡Joder! Conciencia -El otro día se empezó a negociar el convenio y el tío erre que erre, que ni un euro. Que los trabajadores se quejan de vicio y que los empresarios no hacían más que perder dinero. Y de ahí no había quien lo sacara. Concienciado -¡Pero si los trabajadores hemos perdido un montón de poder adquisitivo en los últimos años! Conciencia -Eso a él se la trae floja. Concienciado -¡Oye! ¿Y tu amiga por qué no le remuerde? ¿Está de vacaciones? ¿O qué? Conciencia -No creas. La tiene acojonada. Ella lo intenta de vez en cuando pero él le responde que es una conciencia política. Concienciado -¡Que barbaridad! Conciencia -Y eso no es todo, un día la acusó de ser comunista y la amenazó con denunciarla al Ku Kus Klan. Concienciado -¡Santo cielo! Conciencia -Sí hijo si, él dice que la conciencia la quiere tener tranquila, o no tenerla. Concienciado -Pero si eso es al contrario, las conciencias tenéis que ser siempre disconformes y reivindicativas ¿para qué pijo sirve una conciencia que siempre está tranquila? Conciencia -Pues eso digo yo: para nada. Concienciado -¡Coño! Que tarde se ha hecho. Perdona, nos vemos luego, que ahora tengo cosas que hacer. Conciencia -Vale, luego hablamos, que aún hay más cuestiones. Concienciado -¡Anda! Mira, se me olvidaba. Hablando de cuestiones importantes. Una pregunta. Conciencia -A ver, dispara y veré si puedo ayudarte. Concienciado -¿Sabes cómo ha quedado el Madrid? Conciencia -Vete a la mierda.   EL VIEJO VAGÓN. Allí llevaba casi tres décadas, raído y destartalado, soportando las inclemencias del tiempo y el paso de los años. Ya ni siquiera recordaba con exactitud el tiempo que hacía que le habían dejado aparcado en una vía muerta de aquella vetusta estación. Es verdad que, para el servicio que prestaba, se había ido quedando algo anticuado, pero él todavía podía haber continuado en la brecha durante más tiempo. Puede que le hiciese falta alguna pequeña reparación, cosa de cojinetes, o algo así, pero estaba seguro de que no era un inútil y que con una buena revisión aún hubiese dado de sí durante unos años más. Ahora sólo cabía resignarse y aceptar las cosas tal y como habían sucedido. Recordó aquella tarde gris, en que la locomotora que tiraba de él le comentó con tristeza a la vez que las lágrimas empañaban el cristal de sus faros. -Nos jubilan amigo, cierran esta línea. Dicen que ya no resulta rentable y que por eso la suprimen. Sintió pena rememorando su último viaje y añoró la vieja ruta que tantas veces atravesara bajo todos los soles y todas las lluvias. Y a partir de entonces, masticó el amargo sabor de la soledad y de la lenta decrepitud. Había recorrido una incalculable cantidad de kilómetros, acunando con su continuo vaivén, sueños y esperanzas, exilios y frustraciones, olvidos y recuerdos. Cruzó en muchas ocasiones las industrializadas ciudades de la comarca de Alcoy, los fértiles huertos que jalonaban el espacio en el que cruzaba un corto tramo de La Vall d`Albaida, se internó en los esteparios terrenos de Yecla y Jumilla hasta asomarse al río Segura en la ribereña Cieza. Inició aquel periplo siendo muy joven, ilusionado por la novedad y el deseo de dar un buen servicio a los ciudadanos de aquellos lugares. Después cansado por los años y agotado al final, pero estando siempre a ojo de liebre, ofreció en cada momento lo mejor de sí. Un día construyeron un pesado bloque de cemento sobre el que colocaron dos raíles, y con una grúa lo pusieron encima y lo archivaron sin más consideración, hasta que la humedad y el tiempo empezaron a corroer su ya inconsistente armazón de madera y de metal. A él le habría gustado que lo ubicasen en el centro del pueblo, a ser posible en mitad de la plaza al lado de la fuente o cerca del arco, con el fin de seguir desde el mismo corazón del municipio los avatares y el progreso de la localidad. Pero claro, la decisión no era suya, y al final le dejaron al lado de lo que fue la antigua estación. Tampoco era mal sitio, puesto que desde allí podía ver perfectamente a todas las personas que entraban y salían del pueblo, ya que gozaba de una buena perspectiva del largo puente que permitía el acceso. Gentes con sus penas y sus alegrías, con su presente y su pasado, pero siempre con su gran capacidad para el trabajo, con su deseo de un porvenir de bienestar para los suyos, y que con su honradez y con su fe hacían posible una vida mejor y una mejor convivencia entre los vecinos, reafirmando el carácter abnegado y firme de todos ellos. Como mudo espectador, observó el profundo cambio que con el paso de los años se fue produciendo en el lugar. Viejas casas cayeron bajo el empuje de la trasformación, a la vez que surgieron modernos edificios y nuevos barrios que se extendieron ocupando terrenos antes dedicados al cultivo. Supo de las personas que se marcharon para siempre, y también de los que vinieron, y que personalizaban nuevas esperanzas de futuro. Fue testigo directo de la sustitución de la vieja estación, por un moderno hotel, que con su coqueta cafetería y su restaurante propiciaban que, tanto los vecinos del pueblo como los que venían de fuera, gozasen de un espacio privilegiado para el ocio y la conversación. No perdía detalle de lo que allí ocurría ya que se sentía parte de las cosas del pueblo, como la plaza de toros, el puente, o las fiestas de moros y cristianos. Hoy, el viejo vagón permanece en su breve pedestal de años. Quieto, viendo avanzar el tiempo. Tan de vuelta de tantos aconteceres que ya nada parece alterar su rígida y apergaminada faz. Sin embargo, allá por los cálidos atardeceres de julio, cuando los rayos del sol que se oculta lo acarician de soslayo, se puede apreciar en su rostro el pálpito de una leve sonrisa, cuando algún turista despistado lo enfoca con su cámara. O si algún niño de los que revolotean a su alrededor imagina, en sus infantiles fantasías, que se cuela en su interior y se convierte en pasajero contumaz y en empedernido aventurero.   EL BRUILI. Se desarrolla este juego de cartas llevando de compañero a otro jugador, o a dos si la partida se compone de seis intervinientes. También pueden jugar dos jugadores, uno contra otro, pero así el juego pierde viveza y alicientes. Se juega con las cartas que se reparten, más con las señas del o de los compañeros que de forma alterna se colocan entre los contrarios. Nos atendremos al juego que se desarrolla cuando juegan una pareja contra otra, a priori es el más corriente, ambos componentes intervienen en las mismas condiciones, es decir atendiendo a su juego y al de su compañero por mediación de las señas que éste le hace. Ambos cuentan con la confianza de su pareja y ninguno pretende rivalizar con el otro ni sobrepasarle. Si uno de los dos pretende dirigir el juego del otro, la cosa se complica y la partida suele tener un final prematuro a causa de enfados y discusiones. Mariano era bueno “a secas” jugando al Bruili, pero adolecía del necesario tacto para jugar en pareja. No depositaba la confianza necesaria en su compañero de partida, a menudo le echaba en cara fallos reales o ficticios que él nunca apreciaba en su propio juego. A su compañero le faltaba carácter para enfrentar aquella situación y partida tras partida se fue acostumbrando a callar y a dejar que fuese el otro quién dirigiera completamente el juego. Mariano nunca le hacía señas, por el contrario miraba las cartas de ambos, así controlaba cada acción de la partida y no daba bola a su compañero en ningún momento de ésta. En las contadas ocasiones en que éste expresó su aburrimiento por su nula participación en el juego, Mariano no quiso darse por enterado y prosiguió con su habitual y excluyente manera de jugar. Se comenta que con el paso del tiempo, el compañero de Mariano fue, poco a poco haciéndose trasparente, hasta llegar a convertirse en un ser invisible. Hoy es normal ver a Mariano, jugar absorto en sí mismo. Y en el lugar que teóricamente debería ocupar su compañero, únicamente se puede apreciar una sombra vaga y difusa. Prácticamente inexistente. El HOMBRE QUE NO APRENDIO A VOLAR. Era una mañana de mediados del mes de julio, hacía calor y el sol se reflejaba en los pedregales que bordeaban el camino. Pablo caminaba despacio, entrecerrando los ojos. Aquel derroche de luz le cegaba y le obligaba a frotárselos de vez en cuando, limpiándose las lagrimas que le causaban el polvo y los rayos solares que daban de lleno en su rostro. Él no se había acostumbrado todavía a tanta luz. Hacía sólo unas horas que había salido de aquella lúgubre mazmorra. Quince años era mucho tiempo encerrado, sin apenas asomar la cara a cielo abierto, para soportar ahora, de golpe, esa enorme llamarada que caía a plomo sobre su cabeza. Pablo miró su viejo reloj y calculó el tiempo que le faltaba para llegar al pueblo ¡cinco horas! Pensó mientras bebía un sorbo de agua de su cantimplora medio vacía. Siguió caminando perezosamente, recordando con nitidez los hechos que habían causado su infortunio. Había sido un niño inquieto, atraído por todo lo que ocurría a su alrededor, hacía preguntas sobre cualquier cosa y cuando no recibía respuesta se enfadaba con todo el mundo. Recordó la tarde que vio pasar aquel avión sobre su pueblo y la sensación que le causó ver como ese aparato podía mantenerse en el aire con lo que eso tenía que pesar y se juró que cuando fuese mayor, no solo descubriría el misterio sino que el haría volar uno de aquellos armatostes. Pero cuando apenas contaba nueve años ocurrió algo que marcó su vida para siempre. Su padre, hombre afable y cariñoso, murió víctima de una apoplejía que le afectó el lado izquierdo del cuerpo y que le mantuvo postrado durante tres o cuatro meses hasta su final. Él y su madre quedaron a expensas de una mísera pensión de viudedad. -Mamá, ¿Qué vamos a hacer ahora que no está papá? -No lo sé hijo. Nos tendremos que arreglar como sea. La voz del magistrado se elevó en el silencio de la sala. -¡Quince años de prisión! Demasiados años de cárcel para un chaval de dieciocho acabados de cumplir. Todo ello por librar a mamá de morir a manos de aquel borracho animal, violento y salvaje, aquel padrastro con el que su madre, acosada por la soledad y el hambre, se había vuelto a casar pocos meses después de que él cumpliera trece años. Recordó el día que le habló de Paquita, aquella muchacha de la que se enamoró y a la que, su padrastro le prohibió ver, nunca supo por qué motivo. Por lo que le odiaba todavía, a pesar de que el individuo había muerto hacía tanto tiempo. Se lo prohibía todo: salir con amigos, hablar con las chicas. Los fines de semana, le obligaba a volver a casa antes de las nueve de la noche. También recordó como le había sacado del colegio a los catorce años, para que trabajara en el campo de sol a sol. Acudió a su mente la pelea de aquella noche con mamá, él volvía del trabajo y se quedó en la puerta al oír los gritos. Los insultos se sucedían y la voz alcoholizada de aquel hombre profería amenazas terribles. Ella le había reprochado la conducta que mantenía con el joven Pablo. -Déjale volar, déjale ser libre. Ya es un hombre y debe asumir los riesgos que implica ser responsable de sí mismo. Ábrele espacios para que aprenda a desplegar sus alas. Por toda respuesta, su padrastro se abalanzó sobre ella golpeándola con los puños. Pablo perdió el control y lo vio todo negro. Sin pensarlo, empuñó la azada que traía al hombro y la descargó con toda su fuerza sobre la cabeza de aquel energúmeno que quedó tendido en el suelo sobre un gran charco de sangre. Divisó a lo lejos las primeras casas del pueblo tras la cortina reverberante y borrosa de la calurosa tarde. ¿Qué le traía allí? Su madre había fallecido hacía dos años ¿Paquita? Se casó tiempo atrás. Y sus pocos amigos se habían marchado a la ciudad. Nada le podía retener en aquel lugar, y sin embargo, le empujaba el presentimiento de que iba a encontrar algo dejado allí hacía muchos años. Al vencer una pequeña elevación del terreno empezó a oír un lejano rumor, que fue haciéndose más fuerte poco a poco. Alzó la vista y contempló un avión que volaba a mediana altura. Sus ojos cansados quedaron fijos en el hasta que se perdió tras la línea del horizonte. Una duda le asaltó como un relámpago ¿Podría todavía él, a sus treinta y tantos años aprender a volar?   PANDORA. -Al fin llegó el día.-Dijo Lucas a sus padres, con una larga sonrisa. Hoy iré a esperarla a la estación. -Será un placer tenerla aquí, hijo, mamá y yo estamos deseando conocerla. Respondió, también sonriendo su padre. Amanecía radiante sobre los montes que cerrando el valle se recortaban en el horizonte. Despuntaba una prometedora primavera y el rocío mañanero cubría los extensos campos sembrados de trigo y avena y los árboles frutales que crecían por doquier sobre la tierra generosa. La Masía del Pla se erguía junto a una leve ladera cubierta de pastos que al recibir los primeros rayos de sol reflejaba tonalidades de verde albahaca, contribuyendo a hacer de aquel entorno un paraíso natural. Hubo fiesta en los corazones y alegría en los semblantes a su llegada. Venía de muy lejos y el viaje fue, dijo, agotador, no obstante se comió y se bebió hasta muy tarde charlando de la afortunada contingencia de aquel feliz encuentro. Era hermosa, de estatura media, ojos grandes, del color que tiene el cielo en un soleado día del mes de julio y su rubia melena caía sobre sus hombros en cascada contorneando su rostro. Todo en ella era sereno y amable, todo, excepto su mirada, que parecía esconder el rescoldo de un secreto profundo e inquietante. Traía entre su escaso equipaje una cajita del tamaño de un bolso de mano aproximadamente, de la cual no se separaba nunca. Cuando se le preguntó que contenía, ella decía que eran algunas joyas, recuerdo de familiares muy queridos. La hacienda en su devenir cotidiano transcurría sin sobresaltos excesivos, solo con los lógicos avatares del trabajo y de la convivencia. Durante las horas que se dedicaban a las labores propias del campo, ella salía a dar largos paseos, con el fin, decía, de ir conociendo el entorno, por eso a nadie extrañó que aquel día no volviese hasta el atardecer, pero sí chocó que lo hiciera con su cofrecito en las manos, y un gesto indescifrable en los ojos. Nadie encontraba explicación a lo que empezó a suceder en La Masía del Pla. Los últimos años fueron buenos en general para su gente. Pero de momento, y sin aparente justificación, todo pareció cambiar. Y los nuevos tiempos trajeron, una tras otra, nuevas rachas de infortunio y de deterioro del buen ambiente entre sus habitantes. Cuando no era por una cosa era por otra, el caso es que aquel hálito de tranquilidad y de paz que impregnaba los aconteceres de la hacienda se fueron esfumando poco a poco, hasta dejar el lugar a merced de gélidos y largos inviernos. Las noches estrelladas, cálidas y rumorosas de los fugaces veranos extendieron sus tinieblas más allá de sí mismas, transformándose en largas etapas de oscuridad. Y la húmeda niebla que parecía descansar sobre las quietas umbrías se convirtió a su vez en irrespirable humo que envolvía los sentidos, entumecía los sentimientos, y resecaba la productiva tierra. Hasta más allá del límite, apareció un mundo desubicado que nadie entendía. Y sus imaginarias barreras encerraban un frío terrible, no corporal que conducía al desmoronamiento absoluto. Aquel día de primavera, cuando regresó con su cajita y su extraña sonrisa, ella había subido al pequeño montículo que coronaba el edificio permaneciendo un buen rato absorta contemplando los agrestes campos. Súbitamente, como presintiendo un desajuste anormal en el paisaje, la brisa había dejado de juguetear en las ramas de la acacia. En un instante el piar de los pájaros quedó en suspenso y un insultante silencio sin rumores se extendió por doquier, penetrando hostil hasta el centro mismo de las piedras . J. & H. -Oye H. ¿No te parece que deberías cuidar un poco tus modales y mejorar tu lenguaje cuando hablas con la gente? De lo contrario te vamos a tomar por un tipo mal educado. Y tú, cuando quieres, sabes comportarte muy bien. -Ya, pero es que a veces no quiero. ¿Sabes? Paso de los tipos que por creerse más listos miran a los demás como si fuésemos gilipoyas. No me sale de ahí mismo, ser cortés con ellos. En estos y otros coloquios pasaban largos ratos J. & H. discutiendo de mil cosas. Pero aquel día J. notó en H. un nerviosismo poco habitual en él. -¿Qué te pasa H? te encuentro raro, no pareces el mismo de otras veces, tan amable y tan sereno. -No, no lo soy. Estoy empezando a cansarme de ese aspecto de superioridad que empleas conmigo cada vez que hablamos. Como si tuvieses sobre mi alguna autoridad. ¡Mucha moralina empleas tú! -Alguna autoridad tendré ¿no? Compartes mi espacio, vives en mi cuerpo, eres mi otro yo. Eso me da cierta confianza ¿no te parece? -¡Y, unos cojones! Eso nos ocurre a los dos. Por eso tenemos que guardar la distancia y no invadir el lugar del otro. Y da la puñetera casualidad de que eso es lo que tú haces cada vez que bebes esa asquerosa pócima y te conviertes en mi. Usurpas mi personalidad y mi carácter y aireas todos mis defectos. Eso me cabrea un montón, J. Y eso no me gusta nada ¿me oyes? “Nadica”. -Pero H, todo lo que te digo es por tu bien, para ayudarte y para que no te tomen por lo que no eres. -A lo mejor sí que lo soy. Además, si estuvieras tan seguro de ser mejor que yo, no tomarías ese puerco brebaje que hace que te parezcas tanto a mí. No cambiarías tu vida por la mía cada noche y serías más consecuente, en vez de andar jodiendo por ahí con tanto consejo que nadie te pide. Vive tu verdad que yo viviré la mía, y si no vivo mi verdad viviré mi mentira, que también mi mentira es parte de mi verdad. Tanto calaron en J. los razonamientos de H. que se prometió a si mismo cambiar el criterio que tenía, y así se lo aseguró, diciéndole. -Eres un tipo testosterónico, H. -Lo mismo digo, J. Un abrazo. Estoy muy contento de ser tú y yo, a la vez. REQUIEM. En el tocadiscos de Sam, sonaban atronadoras las primeras notas de “Rex tremendae” del Réquiem de Wolfgang Amadeus Mozart. Mientras tanto en el aparato de radio de la cocina, la voz engolada de, no se sabía que general del ejército, ponderaba el valor y el patriotismo de los soldados destacados en el frente. Marta, la esposa de Sam no pudo contener las lagrimas que resbalaron por sus mejillas al recordar a James, su hijo, que recién salido de la universidad e impulsado por un vivo fervor en defensa de su nación, que según recientes noticias, corría grave peligro de ser invadida, se había incorporado a filas. A los pocos meses de su alistamiento fue enviado a un lejano país formando parte de un contingente militar con la misión, dijeron, de iniciar una guerra preventiva que evitase un supuesto ataque a la seguridad nacional. Se iniciaba el “Confutátis” cuando Marta entró en el salón. -Sam estoy muy preocupada por nuestro hijo, hace una semana que no sabemos nada de él y eso no es normal. Desde que se marchó nos ha llamado cada tres o cuatro días. ¿Crees que le habrá pasado algo? -¡Que va mujer! Eso es que el chico se ha despistado un poco, veras como llama hoy por todo el día. Respondió Sam, que se sentía lleno de satisfacción, pensando en que a James pronto le concederían la medalla al valor por sus gestas en el frente. -Ojala no te equivoques. Dijo ella, con los ojos humedecidos mientras el equipo de música empezaba a desgranar el “Lacrimosa dies illa”. Pocos minutos después, el sonido de una llamada los sobresaltó inexplicablemente y mientras Marta corría a descolgar el teléfono, Sam le dijo en tono alegre. -Mira, ya le tienes ahí. Levantó ella el auricular y el, ¡Dígame! Sonó a felicidad, pero enseguida Sam notó algo raro en el gesto de Marta y preguntó. -¿Qué ocurre mujer? No contestó ella, enmudecida por lo que estaba escuchando. Sam vio que los ojos de su esposa se desorbitaban espantados y al momento, un grito desgarrador salía de su garganta mientras se desplomaba inerte sobre el suelo de la salita. Las escalofriantes notas del “Comunio: Lux Aeterna”, parecían invadir todo el espacio de la vivienda. TERRA CRÍTICA. (Pesadilla para antes y para después de Navidad). A la entrada del pintoresco recinto, Bárbara Stanwick intenta convencer a Gary Cooper para que se coloque el traje de “Juan Nadie” y pase a ver el espectáculo. Convencido queda, paga su entrada y comienza el recorrido. El itinerario que se indica en el folleto es escueto: siempre a la derecha. A pocos metros de la entrada una pantalla gigante emite sin parar un partido de futbol tras otro. -Mal comienzo, piensa Juan. (A él lo que le mola es el béisbol) esperemos que el resto sea otra cosa. En el primer recodo está situada la oficina de la CEOE. (Consejo Español de Orangutanes Especulativos). Siempre preocupados por prestar ayuda, buscan la forma de aligerar de “equipaje” a los cansados visitantes del parque temático, pues piensan que eso es lo que les corresponde hacer. En la esquina de enfrente, apoyado en la pared, Víctor Hugo sonríe satisfecho. Ha dado con los personajes adecuados y con el título de su próximo Best Seller. Comienza la función en el teatrillo del fondo. Tom sale de su cabaña de troncos y discute acaloradamente con Kunta Kinte que le espera para decirle que se dé prisa, que el tiempo apremia. Miembros de las otras tres “K” vigilan con gesto de mala leche debajo de sus blancos capuchones… ¡ay! Si se atreve. Pepe Isbert, Manolo Morán y Berlanga, otean el horizonte desde el balcón del ayuntamiento de Villar del Campo (perdón), de Villar del Río, en espera de la visita de otro plan, pues la crisis los dejó a dos velas ¡hay que joderse! Más allá, sobre una tarima, el mitrado Torquemada, vestido de púrpura y oro. De profesión “sus excomuniones” se enfrenta a un grupo de feministas con pancartas que gritan desaforadas reclamando los pertinentes derechos para las mujeres. El otro les lanza una mirada asesina mientras piensa. “Si os pillo quinientos años atrás…” Juan empieza a perder los nervios y eso que sólo ha visto una cuarta parte de lo que queda por ver. Al norte, Atila y sus hordas pretenden sembrar el terror y el caos. Othar siembra blasfemias estampando sus cascos aquí y allá. En el croquis del recinto hay puntos en los que dicen que nunca volverá a crecer la hierba. Juan no puede seguir, le faltan fuerzas y piensa en el suicidio. El mensaje que recibe no deja lugar a dudas. “No se sabrá nada de ti, recogeremos tus restos, no se hablará del caso en los telediarios ni en los periódicos. El mundo te ignorará pues sólo recibirán noticias de Grandes Hermanos, de Estébanes y Jesulines, de Panojas, Chiqirrines y Julianes, que serán largamente admirados. En cambio tú desaparecerás de la memoria colectiva. A los demás no les quedará ni el recuerdo de tu triste apellido”. NOTA. A pesar de que el autor confiesa ser bastante escéptico sobre el final de la historia de “Juan Nadie”, tal y como se cuenta, ha decidido no cambiarlo, con el propósito de dejar un resquicio para la esperanza. A aquellos que no lo conozcan, les recomienda vean, cuando puedan, la excelente película de Frank Capra.   LA VELETA AMARRADA . “Os arrasaré con el Viento Solano” Jeremías 18:17 . Era un pueblo, en el cual, los vecinos habían decidido instalar una veleta en lo más alto de la torre del campanario, de manera que mirándola desde cualquier punto, todos pudieran ver en que dirección soplaba el viento y en su caso tomar las debidas precauciones para resguardarse y proteger de un posible huracán sus viviendas y sus huertos. Aquella decisión fue muy acertada puesto que permitía a toda la comunidad prever con antelación posibles desastres y así evitar cuantiosas pérdidas en sus casas y en sus cosechas. Todo el mundo estaba feliz y confiado, pensando que aquello supondría prosperidad para todo el pueblo. La noche cae ennegrecida sobre los tejados dejando su aliento silencioso sobre casas y campos. Tom y Leví, los dos mayores hacendados de la comarca, trazan un plan para apoderarse de los mercados más importantes de la región y así multiplicar sus beneficios. Ellos han contribuido en la colocación de la veleta con más fondos que los demás. Lo mismo ocurre con su mantenimiento. Sus ambiciones van más allá del bien común. -Leví, si instalamos una veleta en nuestros dominios, y conseguimos impedir que los demás hagan lo mismo y después, con cualquier argumento hacemos que deje de funcionar la comunitaria, obtendríamos más ventajas que ellos, previniendo con antelación las consecuencias de los vientos sobre nuestras cosechas. -No es mala idea. Respondió Leví con voz gelatinosa. -Tú crees que la comunidad aceptara eso. Tom torció los ojos, en un gesto casi cómico y respondió. -Hombre, así por las buenas no, pero si compramos algunas voluntades, verás cómo esos se ponen de nuestra parte, pues cuando hay algo que conservar, pocos son los que se arriesgan a perderlo. -Pues manos a la obra. Una mañana gris y ventosa en cuyo cielo volaban pardos nubarrones, la veleta comunitaria apareció inmóvil. Nadie se explicaba el motivo y cuando los vecinos se acercaron a la torre para informarse de lo que ocurría, vieron con sorpresa que la puerta de acceso estaba vigilada por un grupo de policías que impedían el paso a los que se acercaban. Taciturnos, opacos, preocupados, fueron a ver que pasaba y hablando con los dos grandes propietarios, les expusieron su extrañeza ante el hecho. -No os preocupéis, no pasa nada. Esto es solo temporal, pues no podemos consentir que con lo que nos ha costado poner la veleta, ahora venga un tornado y se la lleve; así que la hemos amarrado. Pero ¿para qué sirve una veleta amarrada? Respondieron algunos vecinos. -Se os ha dicho que no os preocupéis, venga todo el mundo a sus casas que pronto volverá a funcionar nuestra veleta. Les dijo Leví de mala gana. Pero eso no ocurrió y cuando los vecinos más combativos intentaron desamarrarla, fueron disuadidos por la policía, tachados de traidores al bien común y boicoteados sus productos en los mercados más importantes. Leví fue poco a poco controlando las haciendas que lindaban con la suya e invadió algunas de ellas, siempre apoyado por su amigo y cómplice Tom, que a su vez hacía lo propio allá donde se le antojaba. En el triste contraluz del turbio atardecer, sobre esqueléticos campos y pueblos de puertas cerradas, el viento parece gemir por sus rendijas, mientras allá en la torre, una oxidada veleta permanece inmóvil, cansada e inútil, recortando su silueta borrosa contra un paisaje que llora lágrimas de sal y de impotencia.   NO DISPAREIS AL JILGUERO. En el interior del recinto hemos llegado a convivir juntas varias decenas de personas. Hay allí gentes de distintas edades así como de diferentes lugares, casi todos llegados, no se sabe bien de donde ni por qué, pero el caso es que allí estamos, algunos pasan ocasionalmente mientras otros parecen habitar largamente aquel sitio. Se trata de una nave de considerables dimensiones, donde las personas nos agrupamos en celdillas que nosotros mismos construimos con tableros y chapas de hoja de lata, cartones etc. Aprovechando los espacios que quedan libres, o bien en las esquinas de la nave, buscando el resguardo de las paredes. El aspecto del local no da la impresión de ser demasiado confortable, carece de calefacción para el invierno y hace mucho calor en verano. Pero a falta de otra opción de mayor interés, la gente va allí a conversar de sus cosas, exponiéndolas con una libertad que en otros espacios, siquiera nos pasaría por la cabeza que lo pudiésemos hacer. La primera vez que lo visité fue hace pocas semanas, porque buscaba un sitio donde las personas pudieran expresarse y mostrarse a los demás tal cual ellos lo desearan, sin temor al rechazo que sus principales puntos de discordancia pudieran ocasionar en otros seres apegados a normas mucho más rígidas y morales (o moralistas). Me asomé a su interior y me sentí atraído por la claridad con que la gente trataba temas que en otros lugares hubiesen sido tachados de tabú y prohibidos sin mayores contemplaciones. Entré, establecí contacto con algunas personas que parecían buscar lo mismo que yo buscaba. Me di cuenta enseguida de que el respeto mutuo era allí condición indispensable para la convivencia, pese al hecho diferencial que, aparentemente, marca nuestra distancia con el resto de los humanos. Me sentí cómodo; la verdad es que así fue como me sentía: cómodo. Podía hablar sin percibir discriminación alguna por parte de nadie, me movía a mis anchas, y he llegado a ni si quiera percatarme de las carencias existentes en la habitabilidad que compartimos. Sólo una cosa me inquieta desde el principio, algo que, a mi parecer, choca frontalmente con los designios de libertad que allí imperan. Intentaré expresarlo lo más sucintamente que pueda. El caso es que tanto en la parte frontal del edificio y en la parte trasera del mismo, así como en el lateral que se orienta a Poniente, hay en la fachada grandes ventanales abiertos, por donde entran ráfagas de viento de Tramontana o de Mediodía, según sopla, a la vez que, por el lateral se cuela la tenue luz del atardecer. No ocurre lo mismo con el lado de la nave que se orienta a Levante. Sus ventanas permanecen cerradas a cal y canto. Un exhaustivo anuncio advierte de la conveniencia de mantenerlas así, debido a que el viento de Levante trae consigo la humedad del mar próximo. Y la luz cegadora del Mediterráneo puede ocasionar desperfectos en las pupilas de alguien poco habituado a ella. Hombre siempre aferrado a la idea de que lo que conviene a cada uno debe de decidirlo él mismo, el primer día cogí una escalera de madera que estaba apoyada en la pared y ni corto ni perezoso abrí de par en par las ventanas que estaban justo encima del sitio que yo había elegido para instalarme. Durante mi estancia en aquel habitáculo, ha ocurrido, que un par de veces o tres, me he encontrado, al volver de dar una vuelta por la calle, con que las ventanas habían sido cerradas. Por supuesto, las he vuelto a abrir. Si el exceso de luz y de brisa marina produce realmente algún daño a otras personas y éstas me lo hacen saber, prometo que yo mismo cerraré definitivamente esas ventanas. Lo haré sin rechistar. Pero si desde las altas instancias deciden por su cuenta que la luz y la brisa son malas para la gente, y cierran las ventanas porque en realidad es a ellos a quienes molesta que la luz se esparza sobre todos y todas, yo cogeré mi hatillo, me despediré con cariño y con el máximo respeto de la gente y volveré al arroyo, en busca de ese utópico lugar donde los seres humanos se sientan verdaderamente libres hasta para escoger no serlo.   LA SOMBRA DENEGADA. Aquellos que lo han sufrido, sin duda sabrán de qué hablo, pues nada nos pone tanto en alerta ni nos causa tanto temor como el sabor de la sangre que provoca la ruptura de nuestras propias venas. Por sí mismas, sin más, sólo porque, un día quisieron dejar de hacerlo y cortaron a nuestro corazón el flujo necesario para que éste continuara latiendo. ¿De manera inconsciente? ¿A propósito? ¿Quién sabe? El caso es que todavía no se ha descubierto el calmante que mitigue ese dolor tan irracional. Corrían tiempos de sequía y allá en pleno desierto, el sol secaba hasta los pensamientos. Recuerdo que caminábamos descalzos y la arena quemaba como brasas nuestros pies. Nuestros cuerpos semidesnudos parecían a punto de arder. No había vegetación ni árboles… pero seguíamos avanzando con lentitud, medio muertos de sed y sin nada con que conformar nuestros vacíos estómagos. Pero, eso sí, decididos a llegar hasta el final costase lo que costase. No sé calibrar cuanto tiempo llevaríamos caminando en esas condiciones, cuando al voltear una de tantas dunas, dimos con un charquito de agua que, entre unos matojos, en un paraje donde no había más que piedras y arena, se encontraba casi oculto y se alimentaba del goteo que nacía entre dos grandes rocas. Bebimos, comimos de las raíces del arbusto aquel, e intentamos reponer fuerzas. Pero al no existir ni un solo árbol tuvimos que esperar hasta el final del día para descansar sin ser derretidos por un sol inclemente. Sacamos fuerzas de donde no las había y unas semillas de una bolsita que portábamos y nos afanamos en la tarea de plantar algunas palmeras para que, una vez crecidas, nos defendieran con sus ramas del calor extremo de los días del verano. También esperábamos que sus dátiles nos ayudaran a subsistir cuando, en nuestro declive, no pudiésemos procurarnos por nuestro propio medio ni siquiera un estado de amparo físico y humano. Retiramos las piedras y canalizamos el agua construyendo pequeños arroyos. Transportamos tierra desde un lejano monte e hicimos profundos hoyos en la arena que luego rellenamos con la tierra traída. Después plantamos las semillas y pasamos largo tiempo al cuidado de aquellos arbolitos que comenzaban a despuntar. ¡Que alegría producía en nosotros el sólo hecho de verles crecer! Formamos en su entorno un humilde oasis. Con rústicas azadas removíamos la tierra en sus alrededores. Luchamos contra las plagas de insectos, los resguardamos del sol del día y del hielo de la noche y agotamos, procurando su gallarda altura, nuestras últimas fuerzas. Hoy nos abrasa ese sol, nos liquida el hambre y apenas nos queda aliento. Pero ni sus ramas nos cobijan ni sus frutos están ya a nuestro alcance, pues un día llegó el Simún del desierto, dobló sus troncos y desplazó tanto sus sombras que nosotros nos quedamos, para siempre, al intemperie.   EL CULTIVADOR DE CEREZAS. (Fábula). Cuentan que hace muchos, muchísimos años, en un pequeño y remoto país vivía una joven princesa tan conocida en su reino por su hermosura como por su, en opinión de muchos, extravagante manera de anudarse las zapatillas. Tenía por costumbre esta princesa, salir con frecuencia de su castillo para dar largos paseos, sobre todo en primavera, cuando el sol y la naturaleza se muestran en todo su esplendor. A ella, casi siempre, le apetecía probar las abundantes frutas que en los frutales de su reino se le ofrecían. En un extremo del pequeño país tenía su morada un humilde hortelano que en su huerto cultivaba cerezas, que, al igual que todas las que en ese lugar se recogían, eran muy apreciadas en la región. Quizás porque cuando llegaba al lejano huerto ya estaba saciada, ella nunca probaba los productos del aldeano, siempre pasaba de lejos sin siquiera detenerse. El dueño del huerto estaba triste porque la princesa no comía sus cerezas pese a ser estas de muy buena calidad, o al menos, así lo pensaba él. Cierto día, el hortelano creyó haber dado con la solución que pondría fin a situación tan extraña. Recordó que años atrás, un día que pasó por allí el mago Merlín, hambriento y perdido, él le dio a comer sus cerezas y le ofreció cobijo para pasar la noche. Al amanecer orientó al mago para que pudiese seguir su camino. Merlín, agradecido, le regaló un pequeño espejo que poseía un poder mágico. Se trataba de un espejo que no reflejaba la superficie de las cosas ni el aspecto exterior de quién en él se miraba. Su poder iba más allá, penetraba en la profundidad de los seres, así como de los objetos que reflejaba y ofrecía una imagen interna, tanto de las cosas como de las personas. Pensó el ingenuo aldeano que a la princesa le agradaría poseer un instrumento tan útil para conocer el componente real de todo, con lo que, a partir de ese día le haría el honor de proveerse de los frutos por él cultivados. Una tarde que la princesa paseaba cerca de su humilde casa, el hortelano salió a su encuentro y lleno de ilusión regaló a la princesa el mágico espejito. Aceptó ella el regalo, pero al mirarse en él, sólo vio una imagen compuesta por un torrente sanguíneo, venas, huesos, músculos y vísceras, que la hicieron horrorizarse. La princesa, furiosa, arrojó el espejo contra una piedra y allí quedó, hecho trizas y completamente inservible. Cuando regresó a su castillo, envió a sus guardias para que llevasen detenido al hortelano. Este fue juzgado y condenado a un larguísimo destierro.   ÍNDICE: En blanco y negro. (Cuentos y fábulas) 1. El agricultor 2. El buscador de oro 3. El ninot indultat 5. Intolerance City 7. La ira de Lucifer 11. El vuelo 4025 15. El vendedor de sueños 17. En su mismo ser 19. Juan Iniesta 21. Más allá del Arco Iris 24. Quiero gritar al silencio 26. La equilibrista 31. Paolo 34. Renato 36. Bis a bis 38. El viejo vagón 40. El bruili 42. El hombre que no aprendió a volar 43. Pandora 45. J & H 47. Requiem 48. Terra crítica 49. La veleta amarrada 51. No disparéis al jilguero 53. La sombra denegada 55. El cultivador de cerezas 57.