jueves, 14 de abril de 2011

DICHO POPULAR

El burgués tiene la mesa y el cura tiene la misa. El proletario, la masa y el fascista, la camisa.

lunes, 11 de abril de 2011

SI FUE PARA TI MI CANTO

¡Hip! mirad si ando encabronado que no sé como empezar, ¡hip! si maldiciendo al azar o con risas, o con llanto. ¿Es el séptimo u octavo Cuba libre de coñac (no sé por donde voy ya) que esta noche me he soplado. ¡Hip! Y, para mayor inquina, desde que entré en este bar no dejó de berrear la voz ronca de Sabina. Dice que les dio la una, ¡hip! ¿que la jodieron los tres? ¡Que matraca! ¿Yo que sé? ¡Hip! lo que cantaba ¿la Tuna? A ver si puedo explicar antes de estar más borracho ¡Hip! La iniquidad que unos labios son capaces de aventar. Tú mentiste en un "te quiero" ¡Hip! (Chicoooo échame otro lingotazooo). Que al conjuro de mis brazos confundiste con el sexo y, una mañana temprano ¡hip! en la moqueta del suelo ¡hip! Entre fingidos anhelos fueron hielo los orgasmos. Si el poema más sincero ¡hip! te lo dediqué pensando que era para tí mi canto un sol tibio de febrero ¿como pudiste, mujer condenarme a este destino ¡hip! De borracheras y vino con un engaño tan cruel? ¡Hip! ¡Hip! Pedro Ortuño. Todos los derechos reservados.

martes, 5 de abril de 2011

Trayecto en busca de amor.

Si en Villena no me quieren no está muy lejos Biar, Elda, Petrel, Bocairente, Monóvar, Novelda y Sax. Jumilla, Yecla y Caudete. Letrilla popular.

domingo, 3 de abril de 2011

¡Que lástima!

¡Que lástima que yo no pueda cantar a la usanza de este tiempo, lo mismo que los poetas de hoy cantan! ¡Que lástima que yo no pueda entonar con una voz engolada esas brillantes romanzas a las glorias de la patria! ¡Que lástima que yo no tenga una patria! Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa desde una tierra a otra tierra, desde una raza a otra raza, como pasan esas tormentas de estío desde esta a aquella comarca. ¡Que lástima que yo no tenga comarca, patria chica, tierra provinciana! Debí nacer en la entraña de la estepa castellana y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada; pasé los días azules de mi infancia, en Salamanca y mi juventud, una juventud sombría, en la montaña. Después... ya no he vuelto a echar el ancla y ninguna de estas tierras me levanta ni me exalta para poder cantar siempre, en la misma tonada, al mismo río que pasa rodando las mismas aguas, al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa. ¡Que lástima que yo no tenga una casa! Una casa solariega y blasonada, una casa en que guardara, a más de otras cosas raras, un viejo sillón de cuero, una mesa apolillada. Que me contaran viejas historias domésticas como a Francis James y a Ayala. Y el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla ¡que lástima que yo no tenga un abuelo que ganara una batalla, retratado con una mano cruzada en el pecho y la otra en el puño de la espada! Y ¡que lástima que yo no tenga siquiera una espada! Porque... ¿que voy a cantar, si no tengo ni una patria, ni una tierra provinciana, ni una casa solariega y blasonada, ni el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla, ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada? ¿Que voy a cantar si soy un paria que, apenas tiene una capa? Sin embargo... en esta tierra de España y en un pueblo de la Alcarria, hay una casa en la que estoy de posada y donde tengo prestadas una mesa de pino y una silla de paja. Un libro tengo también. Y todo mi ajuar se halla en una sala muy amplia y muy blanca que está en la parte más baja y más fresca de la casa. Tiene una luz muy clara esta sala tan amplia y tan blanca... una luz muy clara que entra por una ventana que da a una calle muy ancha. Y a la luz de esta ventana vengo todas las mañanas. Aquí me siento sobre mi silla de paja y venzo las horas largas leyendo en mi libro y viendo como pasa la gente a través de la ventana. Cosas de poca importancia parecen un libro y el cristal de una ventana en un pueblo de la Alcarria y, sin embargo, le basta para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma. Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa, cuando pasan ese pastor que va detrás de las cabras con una enorme cayada, esa mujer agobiada con una carga de leña a la espalda, esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias, de Pastrana y esa niña que va a la escuela de tan mala gana. ¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana siempre. Y se queda a los cristales pegada como si fuera una estampa. ¡Que gracia tiene su cara en el cristal aplastada, con la barba sumida y la naricilla chata! Yo me río mucho mirándola y le digo que es una niña muy guapa... ella, entonces me llama ¡tonto! y se marcha. ¡Pobre niña! Ya no pasa por esta calle tan ancha caminando hacia la escuela de muy mala gana, ni se para en mi ventana, ni se queda a los cristales pegada como si fuera una estampa. Que un día se puso mala, muy mala y otro día doblaron, por ella, a muerto las campanas. Y en una tarde muy clara, por esta calle tan ancha, a través de la ventana vi como se la llevaban en una caja muy blanca que tenía un cristalito en la tapa. Por aquel cristal se le veía la cara lo mismo que cuando estaba pegadita al cristal de mi ventana... al cristal de esta ventana que ahora me recuerda siempre el cristalito de aquella caja tan blanca. Todo el ritmo de la vida pasa por el cristal de mi ventana... ¡y la muerte también pasa! ¡Que lástima que no pudiendo cantar otras hazañas porque no tengo una patria ni una tierra provinciana, ni una casa solariega y blasonada, ni el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla, ni un sillón de viejo cuero, ni una mesa, ni una espada y soy un paria que sólo tiene una capa... venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia. LEÓN FELIPE

jueves, 9 de julio de 2009

SOMBRA Y LUZ DE LA POESÍA

I

Sobre un horizonte rojo languidece y cae la tarde
el sol se va despidiendo entre surcos y bancales
y la levísima brisa que peina los olivares
parece que va sembrando armonías vegetales.
Inmensos mares de trigo hasta el horizonte ondean
y esperan con impaciencia los rigores de la siega.
Le antecede la cebada ya que por ella se empieza,
poniendo a punto las hoces que segarán las cosechas.
Inclinada hacia el ribazo brinda sus frutos la higuera.
Una gama de hortalizas se recoge allá en las huertas
y por doquiera, el almendro nos regala sus almendras
y se amontona apretado el cereal en las eras.

En una verde colina se ve un pueblo en la ladera,
tiene en el centro una plaza y sus calles son de tierra.
En la plaza hay una casa que queda frente a la iglesia
y en su fachada un balcón con rejas, sobre la puerta
donde cuando sale el sol en las horas mañaneras
se asoman dos ojos negros dueños de mis ansias previas.
Son los ojos de una niña de labios como las fresas
que robaron mis sentidos, locos de tanto quererla.

II

¡¡Que bonito!! El marco es el adecuado…
Pero ha llegado el momento de cruzar al otro lado.
Allí todo es más oscuro, las luces se han apagado.
Apretemos bien los puños y a ver que nos encontramos.

III

Con aquel telón de fondo es fácil escribir versos,
no es necesario esforzarse y habría que estar muy espeso
para no ver que el poema que sólo mira este espejo
te proporciona en bandeja los más usados conceptos.
Un autentico poeta no debe entrar en el juego
de reflejar con su pluma sólo lo lindo y perfecto.
De declamar ñoñerías que halaguen el alter ego
y ensalcen la estupidez y la languidez de seso
de los que ven la poesía como si fuese un placebo.
Los artistas tienen armas para deshacer entuertos.
El pintor con sus pinceles denuncia abusos concretos,
el músico, en ocasiones lanza al aire sus lamentos
y el poeta, su palabra y la rítmica del verbo.
La poesía penetrante y dura como el acero
además de ser honesta no puede ser un florero
que se coloca en la mesa con flores de invernadero.

Hoy han pasado los años y el pueblo de aquel poema
ha sufrido una catarsis adosado a su ladera.
El olvido se ha adueñado de sus calles polvorientas.
Se han cerrado los hogares, se ha derrumbado la iglesia.
Y aquella niña morena ya no borda tras su reja
ni en las piedras de la plaza sigo grabando mis huellas
ya que igual que tanta gente que llora sus penas fuera
emigré a la gran ciudad huyendo de la miseria.

Aquellos campos que un día sus frutos preciosos dieran
quedaron abandonados allá en Castilla la Vieja.
La reconversión salvaje saltó del mar a la sierra.
Arrancáronse viñedos amplios en Jumilla y Yecla.
Se hicieron artificiales plantaciones que a la fuerza
de explotaciones absurdas dejaron yermas las tierras.
Ahora los campos no dan más que abrojo y malas hierbas,
pasaron de ser jardines a convertirse en estepas.
Mas la poesía valiente no puede quedarse quieta
pues tiene que denunciar que esas cosas fueron hechas
para que unos cuantos golfos hinchen así sus carteras
y el pequeño campesino se quede siempre a dos velas.

El poeta que es poeta tiene los pies en el suelo
y se viste de paisano cuando recita sus versos,
si toca reír se ríe, si llorar, llora en silencio
y canta, tanto al amor, como al odio y al desprecio.
Le duelen las injusticias por eso arriesga el pellejo
y denuncia el mangoneo de hipócritas y perversos
que hacen de su capa un sayo y explotan a los obreros
y derrochan y malgastan fuertes sumas de dinero.
Hablan de escasez y crisis con semblante lastimero,
hablan de rebajar sueldos cuando están ya por los suelos,
hablan de esfuerzos atroces, mas ¿que coño saben ellos?
lo que cuestan el aceite, las patatas o el cordero.

No se preocupen, ya acabo, pues molestar más no quiero
pero déjenme decirles lo que yo opino del verso.
Puede ser frívolo, “aguado”, comprometido, sincero.
Como el poeta lo sienta donde y en cada momento.

Pedro Ortuño